«Si yo me hubiese enamorado alguna vez—se decía interiormente—, si un hombre me hubiese hecho su esclava, antes que engañar á mi marido le habría revelado la verdad, separándome de él. Todo es preferible á la mentira... Eso que llaman amor y obliga á las vilezas del adulterio es indudablemente igual á una enfermedad, y la mujer que sufre tal desgracia debe sobrellevarla valientemente y no mentir.»
Tampoco admitía el amor sin la vida común. ¿Esconderse?... ¿Mostrar rubor en público por una pasión á la que se dedican luego en secreto tan hermosas palabras?... No; ella sólo habría aceptado amar á un hombre á la luz del sol.
Por eso le atraían y divertían como espectáculos raros las aventuras del adulterio, los incidentes de la pasión oculta y vergonzosa, que sirven de base á tantas historias de amor. Le parecían actos de una humanidad secundaria, malsana y merecedora al mismo tiempo de interés. Su salud siempre equilibrada, su sensualidad adormecida, le permitían vivir rozándose con todas estas historias sin miedo al contagio, como un operador de laboratorio, defendido por guantes aisladores, maneja tranquilamente venenos mortales ó fuerzas fulminantes.
Había también mucho de coquetería femenil en la predilección que mostraba por este amigo inquietante. Como no había conocido otra pasión que el reposado y dulce compañerismo de su esposo, le placía secretamente verse deseada con violencia, al modo «latino», con cierta falta de respeto.
Se ofendía cuando Casa Botero intentaba ir lejos en sus palabras. Una vez que, aprovechando una conversación á solas, quiso besarla, Concha Ceballos lo inmovilizó dolorosamente con uno de aquellos golpes del pugilato japonés aprendido en su juventud. Con ella era peligroso intentar algo que no hubiese autorizado previamente.
Luego la amazona sonreía con una vanidad de colegiala al escuchar las amenazas de celoso añadidas por el marqués á sus declaraciones de amor.
—Si usted ama á otro, lo mataré. ¡Juro que lo mataré!
Nunca había oído esto á sus pretendientes, cuando era soltera.
—Entonces, mate usted á Arbuckle—dijo riendo.
Casa Botero quedó indeciso, y al fin añadió con desdeñosa magnanimidad: