Florestán, animado por las palabras de Mascaró, fué haciéndole saber la animadversión que le inspiraba igualmente aquel hombre. Algunas veces representaba para él un tormento aceptar las invitaciones de la señora Douglas, por tener que sentarse á la mesa con Casa Botero. También le resultaban insufribles sus gestos de superioridad, la ironía con que le trataba á causa de su juventud.
No podía ser mas que un aventurero, como decía Arbuckle. Su marquesado, si realmente existía, era indudablemente de los que da el Papa. Balboa se burló también de su fama de espadachín y de los lances á que hacía alusión en sus conversaciones entre hombres solos, como un informe preventivo para que le tratasen con miedo.
Diciendo el joven todo esto, perdió repentinamente su calma de atleta reposado. Le brillaron los ojos, como si un recuerdo despertase su cólera, y dijo arrogantemente:
—A ese tío le pego yo. Tenga la seguridad, don Antonio, de que no se irá de Madrid sin que le ponga una mano en la cara. No puede ser otra cosa.
Al notar cierta extrañeza en el catedrático por la vehemencia de tales palabras, quiso justificar su acometividad con un motivo preciso.
—Imagínese usted que la otra noche, al preguntarme doña Concha por los trabajos de mi padre, el tal individuo pretendió burlarse de él, como si fuese uno de esos inventores ridículos y medio locos que aparecen en las comedias. Le contesté con pocas palabras pero buenas, y la señora Douglas, que es muy hábil, cortó la conversación, dándola nuevo rumbo. Varias veces sorprendí la mirada que me dirigía el tal marqués, como para meterme miedo, y yo la sostuve, mirándole del mismo modo. Debió darse cuenta de que le tengo ganas... Le aseguro, don Antonio, que ese sinvergüenza ha encontrado al fin con quién hablar.
Creyó del caso Mascaró dar consejos prudentes al joven. Debía hacer lo que él: escasear sus visitas á la viuda hasta que se marchase Casa Botero.
—Su permanencia en Madrid no puede ser larga. Dice que ha venido únicamente por ver los cuadros de Velázquez... Tal vez tenga pensado robarlos y venderlos, pues, según parece, es algo chamarilero... Pero al ver que la cosa resulta difícil, se irá.
No rió Florestán esta broma del catedrático, y contestó á sus consejos con palabras de protesta, como si le propusiese algo absurdo... ¿Dejar de ver á la señora Douglas, para que ésta quedase por completo sujeta al trato envolvente de aquel aventurero?... Él tenía el deber de mantenerse á su lado, de alejar de ella con su presencia el peligro que representaba la amistad con tal hombre.
—Además, si hago lo que usted dice, creerá que me voy porque le he tomado miedo. Figúrese usted, ¡miedo yo de ese sujeto!