—¿Y tu padre?—fué lo primero que preguntó el catedrático.

Le inspiraba inquietud el aspecto de su amigo Balboa. Tenía en el rostro una expresión de fatiga y desaliento; su fachada facial parecía agrietarse lo mismo que un muro próximo á su derrumbe.

Hablaba poco, manteniéndose al borde de la vida exterior, sin decidirse á saltar dentro de ella, como si una fuerza obscura le retuviese en el mundo de las quimeras.

El hijo mostró menos inquietud, tranquilizado sin duda por un trato continuo con el enfermo, que no le permitía ver sus alarmantes transformaciones.

—Es la reforma del cinematógrafo lo que tiene á papá cada vez más preocupado y triste. El aparato y su lámpara son ya cosa resuelta; ahora lo que le hace sufrir es la invención de un papel bastante diáfano para la cinta. Ninguna materia llega á transparentar la luz con limpieza... Suba usted. El se anima mucho viéndolo.

De pronto los dos hombres empezaron á hablar, sin saber cómo, de la señora Douglas. El catedrático dió excusas, lo mismo que si estuviese en presencia de dicha señora ó Florestán fuese un enviado suyo. Repitió las razones expuestas en la carta que había remitido junto con la novela caballeresca. El tribunal de examen le ocupaba la mayor parte de la tarde; además sus artículos para una revista de historia y otros trabajos menos dignos de mención.

Mascaró creyó del caso añadir confidencialmente nuevas razones para justificar su alejamiento.

—Antes, cuando estaba Arbuckle, me gustaba ir por allá. Ese yanki es un excelente amigo, sano y honradote; una especie de niño grande, lo que no impide que yo lo considere todo un hombre, capaz de acometer, por amor á los dólares, las más estupendas aventuras. Me daba gusto hablar con él de las cosas que vi en su tierra. Además es mozo que sabe oir, se expresa con modestia y respeta á los que entienden más que él de ciertas cosas... Ahora, si va uno á ver á esa señora, se tropieza con el tal Pero Botero, Casa Botero ó como le llamen, un pajarraco que no me hace ninguna gracia y tal vez sea un aventurero. Me carga la sonrisa del tal caballerete, su aire de superioridad, su deseo de burlarse de la gente, como si él fuese de otra casta. No sé cómo esa señora lo tiene por amigo.

Guardaba el catedrático un mal recuerdo de cierta noche, la última que había aceptado comer en el Ritz con la viuda Douglas y sus acompañantes.

—Tú te acordarás de aquella noche. Ese sujeto no tiene ninguna relación conmigo, me veía por primera vez, y á pesar de que sabe que soy un señor al que paga el gobierno para que explique la historia de España y sus antiguas colonias, se atrevió á objetarme sobre tal materia, diciendo disparates enormes. No le llamé imbécil por respeto á la señora, y es mejor que no vuelva, pues me faltaría la paciencia. Además, ¡su airecillo de matón en ciertos momentos, como si nos perdonase á todos la vida!... Te digo que no comprendo cómo la señora Douglas aguanta á ese tipo.