—De seguro que estás esperando á esa yanki. ¡Buena hembra!... ¡Te felicito!...

Luego le volvió la espalda, sin reparar en la palidez ofendida del joven. Con gusto, de seguir su instinto, le habría echado á la cabeza la taza de té que estaba sobre el velador.

Hubiera sido de gran alivio para él tener allí á don Antonio Mascaró, como lo tenía Arbuckle casi todas las tardes. Le habría contado cosas maravillosas de aquella tierra lejana en la que había nacido la señora Douglas, y que por esta circunstancia empezaba á ser para él la más interesante de todo el planeta. Pero Mascaró permanecía invisible.

A ruegos de la viuda, que deseaba conocer la historia de la reina Calafia por haberse enterado del apodo que la daba el catedrático, le envió éste un ejemplar de Las sergas de Esplandián, marcando los capítulos que describen la isla California y los actos de su valiente soberana. El volumen iba acompañado de una carta explicando su ausencia. Formaba parte de un tribunal de examen que se reunía todas las tardes, y de noche le era preciso escribir artículos para una revista. En resumen: no podía ir á tomar el té con ella, ni aceptar sus invitaciones á comer.

«Más adelante—escribía—, si usted sigue en Madrid, distinguida señora, tendré el mayor gusto en acudir á unos convites tan honrosos para mí y tan dignos de agradecimiento.»

Otro motivo de soledad para Florestán fué la nueva é inexplicable conducta que la dama empezó á observar con él. Cada día le buscaba menos. Iba espaciando sus invitaciones para las correrías en automóvil que realizaba por los alrededores de Madrid. Varias veces se había negado á aceptar su compañía para ir á pie por las calles. Únicamente quería verle de noche en el Ritz.

«¡Se cansa de mí!», pensó el joven.

Y el desaliento le hacía recordar á Arbuckle, como si fuese un compañero de infortunio.

También pensaba en Casa Botero, pero rencorosamente, viéndolo como único culpable del repentino desvío de aquella señora. ¡A saber lo que este hombre había dicho contra él!... Sólo así podía explicarse el raro cambio de Concha Ceballos. Hasta le pareció que ella miraba con creciente predilección al tal marqués, sin duda para recordar al joven su simple condición de amigo é indicarle de este modo indirecto que no debía pretender ir más allá en su intimidad.

Una tarde, después de la comida meridiana, cuando Florestán salía de su casa para dirigirse, como siempre, al Palace Hotel, se tropezó en la puerta de la calle con don Antonio, al que no había visto en muchos días.