En realidad permanecía agazapado en su asiento, lo mismo que un espía que se finge distraído y lo vigila todo por el rabillo de un ojo. Seguía atentamente las entradas y salidas de los huéspedes, con la esperanza de que apareciese de pronto Concha Ceballos, proporcionándole este encuentro una entrevista más.

Le atormentaban ó le enfurecían ahora preocupaciones é inquietudes ignoradas semanas antes. Al acompañar á la señora Douglas por la ciudad, la cólera hacía pasar algunas veces por sus pupilas un resplandor agresivo, aconsejándole al mismo tiempo caer á bastonazos sobre la gente.

No podía la viuda pasar inadvertida en las calles inmediatas á la Puerta del Sol, donde las aceras están siempre ocupadas y hay que marchar con lento paso. Como en España no abundan las mujeres de gran estatura y el vulgo siente una admiración instintiva por las hembras altas, bien llenas, de porte gimnástico y andar ágil, el tránsito de la californiana parecía ir inflamando un reguero de avideces genésicas. Los más no la encontraban suficientemente gruesa para su talla aventajada; mas aun así, sentían en su imaginación el estallido de un cúmulo de fantasías salaces é inverosímiles, expresando sus deseos con el inevitable requiebro, que cuando más brutal les parece más de hombre.

—¡Eso es una hembra!... ¡Vaya una tía!

Adivinando por su aspecto que era extranjera, recargaban sin escrúpulo el color de sus admiraciones y anhelos, y creyendo no ser entendidos, se delectaban con sus propias desvergüenzas. La señora nacida en Monterrey parpadeaba ligeramente, estiraba el labio superior, palidecía un poco y seguía adelante, fingiendo no haber comprendido. Algunas veces, en realidad, no llegaba á entender, á pesar de su conocimiento del idioma; tan extraordinariamente soeces y de origen inconfesable eran las palabras con que algunos expresaban su entusiasmo.

Todo esto hacía sufrir á Florestán un suplicio nuevo. Él había transitado por las mismas calles acompañando á doña Amparo y Consuelito, sin oir nada semejante. Pero ahora iba con una extranjera, con una mujer que por su aspecto físico, su manera de vestir y sus movimientos se diferenciaba de las del país, y la excepción parecía inflamar la avidez carnal de los transeuntes.

—¡Gente grosera! ¡Pueblo sin educación!—protestaba en voz baja el joven.

Y no se atrevía á decir más, porque la señora Douglas continuaba su marcha fingiendo indiferencia, como si no hubiese entendido ninguna de las palabras musitadas por muchos hombres al cruzarse con ella.

Durante sus largas esperas en el hotel, las tardes que atisbaba una ocasión para encontrarse con la viuda, no gozaba el consuelo de verse acompañado como el bueno de Arbuckle. Permanecía solo horas enteras. Alguna vez veía á Casa Botero entrar en el hall; pero después de haber mirado á todos lados, al descubrir á Balboa se apresuraba á retirarse, como si no lo hubiese conocido.

Otras tardes se aproximaban á Florestán algunos compañeros suyos de estudio. Venían para bailar á la hora del té en los salones del hotel. Uno de ellos mostró en su lenguaje un desenfado igual al de la gente de la calle.