Los tales parientes—según ciertas explicaciones misteriosas que dió á Rina—eran de la aristocracia más histórica de España, pero no podían olvidar la lealtad de los Botero con la monarquía legítima, viendo en ella un remordimiento para su propia conducta.
—Mis abuelos siguieron al pretendiente don Carlos, que era el monarca verdadero, mientras los demás parientes aceptaban la rama usurpadora. Por eso el gobierno finge no conocer nuestro marquesado, indudablemente más legítimo que el de los otros, pues nos lo dió el único rey.
Y la solterona repetía estas explicaciones por encontrar en ellas cierto sabor romántico, sin fijarse en la indiferencia con que las escuchaba la viuda. ¿Qué podían importarle las historias de este hombre elegante y de incierta nacionalidad, que Arbuckle tenía por un aventurero?... Ella no iba á casarse con él. Además, empezaba á serle molesta la presencia del marqués á los pocos días de haberlo encontrado en Madrid.
Resultaba menos maleable y simpático que en París. Se creía tal vez, al vivir en este nuevo ambiente, con nuevos derechos sobre ella. Consideraba que por antigüedad debía ser el más asiduo y atendido de todos sus amigos, mostrando una disposición hostil contra Florestán, como si viese en él á un intruso.
Ya no podía gozar la viuda tranquilamente el honesto placer de ser acompañada á todas partes por este muchacho respetuoso y tímido, que parecía esparcir en torno de su persona una energía flúida, inconsciente y reposada, algo semejante á las misteriosas fuerzas telúricas que surgen de las entrañas de la tierra. «La Embajadora» se sentía más joven, más optimista y de ánimo más firme al lado de este acompañante, que muchas veces permanecía en silencio, mirándola con unos ojos que eran acariciadores, sin que él se diese cuenta de tal audacia.
La presencia del marqués había trastornado esta vida de creciente intimidad, casi igual á la de sus tiempos de soltera en Monterrey, cuando galopaba al lado de algún jinete mudo por la timidez, que iba preparando mentalmente su declaración de amor. Le era imposible organizar una excursión en automóvil á cualquiera de las ciudades históricas de Castilla, sin que á última hora dejase de surgir Casa Botero, agregándose al viaje. Era Rina, sin duda, la que, por imprudencia ó exceso de admiración, revelaba á este hombre los proyectos de la viuda para el día siguiente, lo que le permitía presentarse con una oportunidad molesta.
Florestán se mostraba aún más contrariado que la señora Douglas por la asiduidad de Casa Botero. Al vivir éste en el mismo hotel, no necesitaba pasar largas horas en el hall, como Arbuckle, atisbando las llegadas ó salidas de la viuda para entablar conversación con ella. Se mostraba también menos respetuoso y obediente que el californiano, siendo á veces tal su terquedad en no despegarse del grupo de las dos señoras, que la viuda se veía obligada á valerse de un descaro sonriente para hacerle saber que ya la había visto bastante por el momento.
El interés visible de ella era mantener cerca á Florestán y alejar al otro. Al principio, el joven Balboa había frecuentado el hotel como quien va á cumplir maquinalmente una obligación cortés y agradable. Luego se había ido transformando el carácter de estas visitas en el curso de un mes, que era poco más ó menos el tiempo de su amistad con la señora Douglas.
Llegaba al Palace con anticipación, mucho antes de la hora convenida con la viuda para sus paseos por la ciudad, sus excursiones en automóvil ó sus comidas. Algunas veces no había sido citado por ella, pues deseaba hacer compras en las tiendas de antigüedades acompañada solamente de Rina. Otros días gustaba de salir sola, por el interés mezclado de inquietud que le inspiraba la muchedumbre en las calles de Madrid. También estaban de paso algunos viajeros de su nación y le era preciso aceptar sus invitaciones, viviendo con ellos unas horas, sin su joven acompañante.
Durante estas ausencias, Florestán empezó á considerarse igual á Arbuckle. Fué, como él, á ocupar un sillón en el hall del hotel, y para justificar dicho acto ante su propio juicio, se dijo que lo hacía por costumbre, porque le había tomado afición á sentarse bajo la cúpula de cristales, viendo la gente cosmopolita que pasaba entre las columnas del salón circular.