Mascaró, á pesar de la calma irónica con que escuchaba siempre á su esposa, no pudo aceptar sin protesta una imputación tan absurda.
—¡Pero si yo no había visto nunca á esas señoras hasta hace unas semanas! ¡Si es Ricardo su amigo!... ¿Qué culpa tengo de que conociesen á Florestán en casa de su padre mucho antes de conocerme á mí?...
Aceptando doña Amparo tácitamente la injusticia de su acusación, olvidó al esposo para lamentar otra vez la tristeza disimulada de su hija:
—Ciertas amiguitas envidiosas, que se morían de rabia al verla con un novio tan guapo, me la atormentan ahora con sus noticias, dadas con un aire inocente que merece un par de bofetones. «Ayer vimos á Florestán con esa señora americana, tan guapa y elegante. Va con ella á todas partes: ¿es parienta suya?» Y la pobrecita contesta lo que se le ocurre, con una voz que parece blanca, y se traga sus lágrimas. Estoy segura de que se traga sus lágrimas. ¡Y tú no ves nada! ¡Y lo mismo que ese tontón del novio, te pones muy hueco cuando la tal señora, ó lo que sea, te invita á comer en el Ritz! Te veo aún la última noche que fuiste solo. ¡Qué discusión la tuya con la criada porque el frac no estaba bien cepillado ni la pechera de la camisa bastante dura!...
Hizo una pausa como para tomar nuevas fuerzas, y añadió:
—Vas á hacer una cosa, si quieres tener mujer é hija. Vas á prometerme que romperás toda amistad con esas dos mujeres. Es indigno que tú, un catedrático que todos respetan, vayas con el novio de tu hija á hacer la corte á esa pájara, que á saber qué idea se lleva sobre el tontón de Florestán.
Consideró oportuno don Antonio protestar valerosamente de tales palabras, y doña Amparo, creyendo ver en esta audacia una infidelidad mental de su esposo, una admiración oculta de la belleza de la viuda, prorrumpió en denuestos:
—Tú también estás cogido, como el otro. Sin duda te has enamorado de esa extranjera, lo mismo que Florestán. ¡El viejo y el jovencito admirando á la tal negrota!... Y el caso es que esa Venus no es ya una chiquilla. Quisiera yo verla sin los apaños y retoques de esas mujeres que son ricas y pueden pagárselo todo... No creas que es mucho más joven que yo. Allá nos vamos las dos, más ó menos, con muy poquitos años de diferencia. Pero como una es madre de familia y no puede derrochar dinero, y el poco que tiene lo guarda para la casa...
Dejó de apiadarse de ella misma, lamentando su mediocridad, para caer con nuevos bríos sobre la ausente.
—De la pájara que va con ella nada quiero decir. Es una solterona medio loca, una gallina dura que no se sabe de qué tiene cara, si no es de chino conservado en alcohol. Pero á la otra puedes defenderla: ¡una mujer que fuma!... ¡una mujer que guía automóvil, á pesar de que trae un chófer pagado desde su tierra!...