El catedrático protestó:
—En Madrid fuman muchas mujeres. Y en cuanto á guiar automóviles, no lo hacen aún por falta de habilidad, pero lo harán cualquier día. ¿Qué tiene que ver eso con el honor de una señora?...
Doña Amparo no le escuchaba. Siguió lanzando sus vociferaciones de madre inquieta, á las que iba unido cierto rencor personal que ella misma no podía explicarse; una rivalidad de mujer educada de distinto modo que la otra; una envidia instintiva por no poder gozar sus comodidades y abundancias.
—Sé de ella más que tú crees. Me han contado muchas cosas. No puede salir á la calle sin que su presencia provoque un motín. Los hombres son tan estúpidos, que apenas ven una mujer alta como una pértiga, que camina á estilo hombruno y va vestida con las modas más estrafalarias, se van detrás lo mismo que perros. Me han asegurado que se queja de nuestras costumbres; que protesta porque le dicen á veces palabras feas. ¿Me las dicen á mí, que soy más señora que ella?...
Vaciló, como el que ha afirmado involuntariamente una falsedad, apresurándose á añadir:
—Y si alguna vez me las han dicho, me lo callé, como debe hacer toda mujer honesta que no quiere meter en compromisos al hombre que la acompaña y teme obligarlo á andar á golpes con los insolentes. Pero como esa señora tiene tantos adoradores, bien puede darse el gusto de mezclarlos en líos y peleas... Tiene á ese desdichado Florestán, que va á matar á nuestra Consuelito; te tiene á ti, viejo sinvergüenza, que desde que viajaste por las Américas se te van los ojos detrás de toda mujer que no sea la tuya; tiene á ese yanki, grandullón y tontote, que te ponía enfermo de tanto regalarte cigarros; y ahora, según parece, ha hecho venir á un marqués de no sé dónde, que debe ser algún querido antiguo.
Seguro Mascaró de la inutilidad de protestar con razones, se llevó ambas manos á la cabeza, mirando á lo alto:
—¡Señor!... ¡¡Señor!!
Pero su esposa se había lanzado á las suposiciones injuriosas y al insulto, con la velocidad del que va cuesta abajo y no puede detenerse:
—Además, esa dama tan distinguida tiene, según parece, puños de carretero, y puede ir sola por el mundo. Si no lleva al lado un hombre á quien comprometer, ella misma arma camorra... Me han contado que, el otro día, bajando la calle de Carretas, le dió un puñetazo á un tipo, que le puso la cara negra, porque al pasar junto á ella intentó pellizcarla por detrás. Ese es el castigo de ser tan llamativa. ¿Me pellizcan á mí, que salgo todos los días?... Y si alguna vez se ha atrevido á eso algún insolente, en una iglesia ó en fiestas de mucho gentío, le he contestado pinchándole con un alfiler, sin contárselo luego á nadie, sin dar puñetazos, que provocan escándalo, agrupan á la gente y hacen acudir á la policía. ¡Dios santo! ¿Por qué ese gran bendito de Ricardo nos habrá hecho conocer á la tal negrota y al chino que va con ella?...