Tuvo que dejar Mascaró que la indignación de su esposa se extinguiese poco á poco, como la hoguera falta de leña nueva, valiéndose para conseguirlo de un mutismo absoluto.
Cuando doña Amparo inició al día siguiente sus lamentaciones sobre la tristeza de Consuelito, sus quejas contra Florestán y sus imprecaciones para la reina Calafia y su acompañante—que el catedrático había apodado, de acuerdo con el libro de Montalvo, «la hermana Liota»—, frunció el ceño don Antonio, y poniendo cara fosca, como siempre que necesitaba ocultar su timidez de siervo doméstico, infundiendo á su esposa un respeto momentáneo, dijo así:
—Te prometo no ver más á esa señora. Ayer la envié un libro que me pedía, con una carta explicando mi ausencia. Pero tú vas á prometerme en cambio no hablar más de la niña ni de su novio. Esas cosas de muchachos acaban siempre por arreglarse, y yo necesito tranquilidad para poder continuar mis trabajos.
Cumplió á medias la esposa este tratado bilateral. Siempre que pensaba en la reina Calafia y subía á su boca la marea de protestas é injurias, procuraba contenerla, dejando escapar sus vapores maléficos en forma de suspiros. Pero hablaba de Consuelito (¡eso sí! Mascaró era su padre), de su resignada melancolía, de las ausencias del novio, que pasaba ya días enteros sin ir á la casa, justificando estos eclipses de su persona con el envío de breves cartas.
En tal situación fué cuando el catedrático se repitió varias veces interiormente, durante una tarde y una noche, después de su encuentro con Florestán: «¡Qué diría mi doña Amparo si nos hubiese oído!»
Al atardecer del día siguiente, cuando salía Mascaró de la Universidad, terminados sus trabajos de examinador, le cortó el paso en la puerta del edificio un joven muy cortés y respetuoso, que le hizo recordar inmediatamente al hijo de Balboa, sin que tuviese con él otro parecido que el de los pocos años.
Supo á las primeras palabras que era gran amigo de él y compañero de la Escuela de Ingenieros.
—Me ha encargado Florestán que le vea, y aquí estoy hace más de una hora.
Adivinó el catedrático que sólo por un motivo grave podía esperarle tanto aquel joven, y preguntó con ansiedad:
—¿Qué le ocurre á Florestán?