La respuesta imprecisa del enviado aumentó su inquietud.

—Usted es gran amigo de su padre, y Florestán le considera como de su familia. Desea que busque usted el modo de que el señor Balboa ignore lo ocurrido. Teme que sufra alguna crisis cardíaca al recibir una emoción violenta.

Y comprendiendo que su oyente empezaba á sufrir otra emoción no menos torturante, se decidió á dar la noticia.

—Florestán está herido en la quinta de Alaminos.

No necesitaba decir más. Mascaró tuvo bastante con esto para adivinar que el joven había sido herido en un duelo.

La quinta de Alaminos era una de las curiosidades de la capital; casi merecía figurar entre los edificios célebres de Madrid. Cuando dos hombres debían batirse por un asunto llamado «de honor», sus padrinos, luego de concertar las condiciones del encuentro, decían al fijar el sitio: «Será en la quinta de Alaminos.» Y los representantes de la parte contraria respondían, como si se tratase de algo lógico é inevitable: «De acuerdo.» ¿En qué otro lugar podía ser?...

No había miedo de que el propietario negase la entrada en su finca. Era un personaje generoso, de trato afable, que iba gastando alegremente la herencia de sus mayores, acudiendo á todas las fiestas, estrechando todas las manos y oyéndose llamar siempre «el simpático Alaminos».

Su vida estaba reglamentada y era generalmente conocida á partir de la una de la tarde, hora en que saltaba de su lecho y salía á la calle, hasta las ocho ó las nueve de la mañana siguiente, que se retiraba á descansar, después de una noche dedicada en su última parte al juego en el Club ó al bailoteo y la juerga en el entresuelo de algún restorán de moda. Fuese cual fuese el momento en que se concertaba el duelo, los organizadores tenían la certeza de dar con el simpático Alaminos: «Estará en el teatro.» «Esta es la hora que juega en el Club.» «Lo encontraremos seguramente en casa de la Fulana.» Y al ser hallado, acogía la demanda servicialmente, dando una tarjeta con varias líneas escritas para el jardinero de su quinta, siempre iguales:

«Dos caballeros, con varios amigos suyos, van á matarse por un asunto de honor. Atiéndelos como si fuese yo mismo.»

Afortunadamente, las más de las veces los dos caballeros no se mataban, saliendo indemnes de la quinta después de cruzar varios tiros de pistola ó haberse rasguñado ligeramente con espadas ó sables. Mas no por esto dejaba de creer el dueño de la finca en la posibilidad de que cada pareja enviada por él á su jardinero fuese al encuentro de la muerte.