Alaminos, cuya propiedad, célebre en la historia del duelo, era llamada por muchos «la Quinta de los Desafíos», no se había batido nunca. Su amabilidad y su sonrisa de hombre eternamente simpático le ponían á cubierto de este trance. A pesar de su vida alegre, era hombre de convicciones religiosas y estaba seguro de que la Providencia se preocupa seriamente de los preparativos de los duelos para intervenir en ciertos casos.
—En mi casa se han visto milagros, ¡cosas estupendas!
Y hablaba de estocadas que hubieran sido mortales y no lo fueron por una desviación de menos de un milímetro; de balas que dieron vuelta, siguiendo la curva de una costilla, sin tocar el corazón ú otro órgano precioso. Su quinta, habitada por sus padres en otros tiempos, y á la que él no iba mas que en días de duelo entre adversarios famosos ó de merienda con gente alegre, le había servido para adquirir una celebridad casi igual á la de un hombre político ó un gran artista. Muchas veces el personaje que era jefe del gobierno, al encontrarle en un teatro ó una fiesta, le estrechaba la mano como á un amigo de la juventud:
—¡Hola, querido Alaminos!
Se acordaba de cuando se había batido en su quinta siendo periodista ó simple diputado, al principio de su carrera.
Todos habían vivido unos minutos de su vida en esta propiedad rústica, mezcla de jardín en pleno abandono y de huerta medio seca, con avenidas de álamos en torno á un caserón de paredes desconchadas, color de rosa, y grandes aleros. Cincuenta años antes había sido una hermosa quinta de las que utilizaban en verano las familias ricas de Madrid, cuando aún no era moda general marcharse en tal estación á las playas españolas del Cantábrico ó Biarritz.
Mascaró conocía la «Quinta de los Desafíos». Una vez había servido de padrino á cierto camarada de la época estudiantil, dedicado posteriormente al periodismo y á la política revolucionaria. Al tener éste un duelo, como término de cierta polémica de prensa, había creído decorativo designar para que le asistiese en tal lance á un catedrático de la Universidad Central. Cuatro balazos perdidos en el aire fueron el resultado del encuentro, mas sirvió para que don Antonio conociese al simpático Alaminos, por haber considerado éste necesaria su presencia en la finca al ser el duelo entre «intelectuales».
Mientras recordaba Mascaró todo esto en un sector de su pensamiento, atendía con el resto de su inteligencia á las rápidas explicaciones que le iba dando aquel joven.
Había sido uno de los dos padrinos de Florestán, pero en realidad ignoraba el motivo de la cuestión. Balboa les había buscado á él y al otro para que fuesen simplemente á avistarse con los representantes del marqués de Casa Botero, aceptando todo lo que propusieran éstos.
—Según nos dijo, tuvo anoche un altercado á la salida del Ritz con ese marqués que es medio italiano ó medio rumano, no sé bien. Florestán, aunque parece un muchacho tranquilo, es de mano pronta cuando se enfurece, y abofeteó á dicho señor. Por eso nos pidió que no discutiésemos. Él era el ofensor y lo aceptaba todo. Además, como el tal marqués es hombre de armas, quiso demostrarle con esta aceptación completa que no le inspiraba ningún temor. Lo único que nos exigió fué el secreto. Debe haber alguna mujer de por medio, y hemos guardado todos una reserva absoluta.