Luego describió el encuentro:

—Florestán, que es de grandes fuerzas y no sabe lo que es miedo, atacó con impetuosidad, sin pensar en cubrirse, deseoso únicamente de herir. No sé si sabrá usted lo que es la espada. Yo la creo un arma de reservones: muy ventajosa para el que se preocupa especialmente de su defensa, fatal para los agresivos, á quienes ciega la cólera. Desde el primer momento adivinamos lo que iba á pasar. Su adversario, que es hombre de espada, se limitó á defenderse, con una sonrisita burlona que daba grima, echando un paso atrás repetidas veces, hasta que Florestán, cada vez más imprudente y acometivo, vino á clavarse él mismo en el arma del otro.

Adivinó el joven la ansiosa interrogación de los ojos del catedrático, que le miraban redondeándose por encima de sus quevedos.

—Su herida no es de las que quitan toda esperanza, pero los médicos la consideran de cuidado. No permitieron que nos lo llevásemos; temen una complicación. Esas heridas de espada, tan sutiles é insignificantes á la vista, resultan las más peligrosas. El encuentro fué á las dos de la tarde. Yo me marché de la quinta después de las cuatro. Los médicos creen que esta noche tendrá mucha fiebre. El pobre se ha quedado allá con gusto, porque le parece preferible esto á que lo hubiésemos llevado á su casa. Su única preocupación es que su padre no sepa nada. Lo primero que hizo después que lo curaron y acostaron fué llamarme: «Ve á ver á don Antonio Mascaró. Lo encontrarás á estas horas en la Universidad. Él puede arreglarlo todo.» Y como usted estaba en exámenes, me puse á esperarle aquí, en la puerta, dispuesto á no moverme hasta que le viese salir.

Adivinando otra vez en los ojos del catedrático una curiosidad tarda á formularse en palabras por causa de su emoción, el padrino añadió:

—La estocada es en el pecho.

Empezó Mascaró á andar, haciendo un movimiento con la cabeza para que le siguiese el otro.

—No; don Antonio, suba usted aquí.

Y señaló un automóvil de alquiler que estaba esperando junto á la acera desde una hora antes.

VIII
Lo que pasó en la «Quinta de los Desafíos» y en el Palace Hotel