Cuando entró el catedrático en el Palace Hotel latía en su pensamiento una protesta, ó más exactamente dicho, una lamentación indignada, que le hizo recordar otras muchas emitidas por la voz iracunda de doña Amparo:
«¡Qué perturbaciones nos ha traído esta señora!»
Y en seguida, del hemisferio opuesto de su pensamiento surgía una rectificación de justicia como respuesta á dicha queja:
«Pero ella no sabe nada á estas horas, ni tiene culpa directa de lo ocurrido. ¡Qué dirá cuando se entere!»
La misma dualidad contradictoria existía en Mascaró al apreciar los hechos recientes. El era hombre de paz y no gustaba de otros combates que los de la Historia, vistos en las páginas de los libros, y con acompañamiento de trompetería retórica. Pero al mismo tiempo, el Mascaró imaginativo, que tantas veces había creado en su interior fábulas de aventuras y amores, sentíase orgulloso de intervenir directamente en una novela desarrollada en la realidad, aunque resultase menos agradable y extraordinaria que las que inventaba él para su recreo personal. Esto último no le parecía extraño; las historias vividas ofrecen siempre el inconveniente de ser más vulgares que las imaginadas; pero de todos modos, lo ocurrido rebasaba los bordes de lo ordinario y bien merecía ser tenido por interesante.
Había encontrado á Florestán en la «Quinta de los Desafíos» tendido en una cama antigua y cuidado por dos hombres: uno de los médicos que presenciaron el encuentro y su segundo padrino. La mujer del jardinero obedecía las órdenes del doctor con una torpeza rústica y al mismo tiempo con cierta petulancia, para dar á entender que estaba acostumbrada á lances de esta especie.
El médico, al ver entrar á don Antonio, lo llevó aparte.
—Háblele poco. Cada vez tiene más fiebre. Al cerrar la noche es casi seguro que delirará. La herida no es lo que más me preocupa; temo que sobrevenga una inflamación interior. Pero si pasan dos días sin esta complicación, tenemos salvado á nuestro hombre.
Al reconocer el herido á don Antonio le saludó con una sonrisa pálida, intentando estrechar su mano. Como el catedrático adivinó en sus ojos que deseaba hablarle, se inclinó sobre él, poniendo el oído cerca de su boca, lo mismo que si fuese á recibir su confesión.