Don Antonio levantó la voz, como si con esto pudiese animarlo.

—No sabrá nada; le contaré un cuento cualquiera para justificar tu ausencia. Además, tu herida no es de importancia... Mañana ó pasado, indudablemente, podrás volver á tu casa.

Florestán hizo un gesto de indiferencia, considerando inútil desmentir esta caritativa falsedad. Necesitaba continuar hablando en voz queda á su visitante.

—Vea también de impedir que... esa señora se entere de lo ocurrido. Podría disgustarse, y yo no quiero que ella sufra contrariedades por mí.

Frunció el ceño don Antonio, mientras movía la cabeza afirmativamente.

—Así lo haré... ¿No quieres nada más?

Y como si Florestán se acordara al fin de algo cuyo olvido le inspiraba remordimiento, añadió:

—Procure también que no se enteren en la casa de usted.

Mascaró hizo un gesto para indicar al joven que no necesitaba decir más. Pero al mismo tiempo protestó en su interior por este recuerdo tardío:

«Casi me ha dejado partir sin acordarse de su novia. ¡Pobre hija mía!»