Al ver entrar á Mascaró, su gesto grave y el tono de su saludo hicieron renacer de golpe todas las inquietudes que la habían atormentado durante la tarde. Mas ahora estas inquietudes se trocaron de pronto en certidumbres, pues su femenil agudeza adivinó lo que pensaba el catedrático.
Le faltó poco para anticiparse á los balbuceos con que preparaba éste su noticia, diciéndole: «No siga: conozco todo lo que va á decirme.» Por eso no mostró ninguna emoción cuando el visitante, prescindiendo de inútiles preámbulos, anunció simplemente:
—Florestán está herido.
Lo sabía desde algunos segundos antes, y la emoción de la sorpresa ya estaba agotada para ella. También sabía, por presentimiento, quién había herido á Florestán. Sólo podía ser «el otro». Y escuchó con la frente inclinada y la mirada puesta en las puntas de sus pies todo lo que le fué contando el catedrático.
Éste se sintió algo desconcertado al ver que, después de terminada su relación, la señora permanecía silenciosa y mirando al suelo. Ni gritos, ni ademanes de sorpresa, ni un ligero humedecimiento de sus pupilas. Parecía no haberle entendido.
Ella, adivinando esta extrañeza, levantó los ojos y murmuró quejumbrosamente, cual si profiriese una excusa:
—Yo no soy una mujer. Ignoro cómo se llora... ¡Yo no he llorado nunca!
Volvió á mirar el suelo y hubo un largo silencio. De pronto lo cortó poniéndose de pie bruscamente y mirando á una de las varias puertas que daban al salón. Mascaró recordaba esta puerta como perteneciente al cuarto de su compañera.
—¡Y yo que he enviado á Rina hace poco en el automóvil á hacer unas compras!...
Sin explicar la aparente incoherencia entre tales palabras y el relato de su visitante, hizo á éste un gesto para que esperase y abrió otra puerta, que era la de su dormitorio.