Poco después volvió á aparecer tocada con un sombrero obscuro y poniéndose los guantes precipitadamente.
—Vámonos—dijo con voz de mando—. Pida abajo un automóvil de los del hotel.
Intentó protestar el catedrático. Bien adivinaba su deseo; pero ¿cómo pretendía darle órdenes sin contar antes con su conformidad?...
La señora volvió á repetir mudamente el mismo mandato con un simple gesto de persona acostumbrada á la obediencia de todo lo que la rodea, y salió del salón sin fijarse en si don Antonio la seguía.
En la puerta del Palace, el conductor del automóvil de alquiler acogió la dirección dada brevemente por Mascaró, sin pedir explicaciones aclaratorias. «¡A la quinta de Alaminos!» No necesitaba saber más... ¿Quién no la conocía en Madrid?
Empezó el viaje bajo la luz de un ocaso lívido. Pasaron por unas calles de suburbio obrero, detrás de los talleres y depósitos de la estación del ferrocarril del Mediodía; luego un camino polvoriento entre vallas de fábricas y solares, y finalmente pedazos de campo, yermos la mayor parte del año, pero que la primavera cubría de verde con su generosidad, que alcanza á los más humildes rincones y arrugas de la tierra. También pasaron ante un pequeño cementerio con cipreses, verja herrumbrosa y muros viejos, que parecía abandonado. Todo lo que iba viendo la señora Douglas bajo la luz grisácea de la tarde moribunda le sugería presentimientos fúnebres.
Cuando se apearon dentro del jardín de la quinta, el catedrático, por consideración á su acompañante, creyó necesario adoptar una precaución.
—Espere usted aquí. Yo pasaré antes, para saber si han venido curiosos. Volveré á avisarle cuando pueda entrar.
Pero la viuda, angustiada por sus presagios, siguió adelante, como si no le entendiese. Una autoridad irresistible, que hacía recordar á Mascaró la de doña Amparo, le obligaba á marchar detrás de ella. Pero había una diferencia entre las dos mujeres: su esposa era exclamativa y ruidosa en sus cóleras y tristezas, mientras esta señora se sumía en un silencio que él llamaba «enérgico», según iba aumentando la intensidad de su emoción.
Hubo de pasar don Antonio delante de ella para servirle de guía al subir la escalera de la casa, y en un rellano del primer piso se encontró con el mismo médico que le había hablado dos horas antes.