—Está con fiebre; una fiebre altísima. Lo que yo esperaba. Es inútil verlo: no le conocerá; no entenderá lo que le diga.

Pero el joven doctor, al ver cómo iba surgiendo por detrás de Mascaró la arrogante figura de aquella señora que acababa de subir los últimos peldaños, hizo una inclinación de cabeza acompañada de un gesto de galante cortesía. «¡Un duelo, un herido y una dama que venía á visitarlo, pálida, conmovida, haciendo al mismo tiempo un gran esfuerzo interior para mantenerse serena!...» Era inútil oponerse á su paso. Debía dejarla entrar, para que de este modo se cumpliese en la realidad lo que tantas veces había admirado él en novelas y obras de teatro.

Guiada por una orientación que parecía sobrenatural, avanzó Concha la primera en aquella casa donde no había estado nunca, marchando rectamente hacia el dormitorio ocupado por el herido. Tal vez la dirigía su olfato, siguiendo el rastro oloroso de los medicamentos antisépticos; tal vez obedecía á un obscuro tirón de su vida subconsciente.

Al detenerse en la puerta del dormitorio unos segundos, Mascaró, que estaba detrás de ella, creyó verla más grande que nunca. Con una mano buscó instintivamente el marco de la puerta, como si necesitase apoyo. El catedrático se escurrió entre ella y el quicial, y pudo ver su rostro pálido, su nariz súbitamente adelgazada por la emoción, sus ojos que parecían ahora redondos. Miraban éstos, empañados, mates, sin expresión alguna, la cama blanca y antigua, la cabeza hundida en las almohadas y el latido del embozo, reflejando el jadear de un pecho invisible.

—¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!

Repitió muchas veces las mismas palabras, como si su emoción, rencorosa y concentrada, fuese incapaz de hallar nuevas expresiones. Pensaba en «el otro», indignándose al comparar sus habilidades de hombre de armas con el valor confiado é inexperto del joven. Aquel duelo era para ella un asesinato. Su odio á la injusticia y el abuso, que allá en su país la habían hecho mostrarse de una virtud agresiva, volvió á conmoverla ahora con deseos vengadores. ¡Ay! ¡No tener á su alcance al malvado en aquel momento!...

Se acercó á la cama casi de puntillas, cual si temiese despertar al herido; pero el médico hablaba en voz alta, seguro de que Florestán no podía oirle.

Trastornado por la repentina presencia de aquella mujer hermosa que olía á gran señora y evocaba en él imágenes de pasadas lecturas, el médico deseó inspirar interés, lanzándose para ello en largas explicaciones sobre el estado del joven y su diagnóstico.

La viuda le escuchó como el eco de una cascada lejana. No supo en realidad lo que dijo, porque le era imposible fijar su atención y no podía entender igualmente muchas de las palabras profesionales con que exornaba su relato. Sólo llegó á comprender que el médico no tenía seguridad de salvar al herido, que éste se hallaba en el momento más crítico y todo dependía de lo que ocurriese después de la fiebre. Podía sobrevenir una inflamación interna. Hasta pasados dos días le era imposible decir nada cierto. Y ella, que se había colocado junto á la cama, apoyando sus rodillas en el mullido borde de los colchones, siguió murmurando levemente, con los ojos fijos en el rostro afiebrado:

—¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!