Así transcurrió mucho tiempo, y al fin, tanto el médico como Mascaró tuvieron que dar por agotadas el uno sus explicaciones y el otro sus preguntas sobre el estado del herido.

El silencio pareció despertar á la viuda, haciéndole ver el doloroso vacío que la rodeaba. Miró en torno, examinando con ojos autoritarios las paredes, los muebles y las personas á la luz crepuscular, cada vez más pálida, que entraba por los balcones.

Don Antonio creyó de pronto que era una mujer doble. Tenía el despotismo minucioso y rebuscador de una dueña de casa. Al mismo tiempo el brillo de sus pupilas hizo pensar al catedrático en los capitanes de industria que dirigen fábricas enormes como pueblos, organizan flotas que corren todos los mares, ó despiertan á la vida los rincones más obscuros del planeta. Formuló preguntas fríamente, arrugando el entrecejo y presentándose de perfil para escuchar mejor, lo mismo que si hiciese averiguaciones sobre un nuevo negocio en el que pensaba arriesgar gran parte de su fortuna. Quiso saber cómo iba á organizarse el cuidado del enfermo; con qué se podía contar en aquella casa medio abandonada, lejos de la ciudad, y que sólo veía gentes en tardes de desafío. Faltaban allí las manos suaves, la atención minuciosa, los dulces cuidados de una mujer.

—Hasta ahora me ha ayudado la esposa del jardinero—dijo el médico.

Precisamente, esta rústica, interesada por la presencia de una dama elegante, había abandonado la cocina, subiendo hasta el primer piso para examinarla de más cerca. Se mantuvo en la entrada del dormitorio, sonriendo, entre cohibida y familiar, á la visitante. Eran las dos únicas mujeres en aquella casa donde habitualmente sólo entraban hombres, y esto parecía animarla con la solidaridad del sexo.

La señora Douglas la miró, afable y protectora, juzgándola buena; pero allí era necesario algo más que los cuidados de una campesina necesitada de atender á su familia al mismo tiempo que al herido.

—Uno de los padrinos de Florestán—anunció don Antonio después de haber escuchado al médico—ha ido á Madrid para traer una enfermera.

Aprobó la viuda con un movimiento de cabeza y después de breve reflexión dijo, como si diese una orden:

—Será útil la enfermera: así podré librarme de ciertos menesteres demasiado materiales, para estar más tiempo al lado del herido.

Al decir esto se quitó maquinalmente los guantes é hizo un ademán como para levantar el borde de sus mangas, empezando en seguida su trabajo. Luego anduvo por la habitación, enterándose de la calidad y naturaleza de los diversos frascos, paquetes y vendajes que estaban en desorden sobre el mármol de dos viejas consolas con espejos azulados y algo borrosos.