El catedrático aprovechó un apartamiento del médico para acercarse á ella, hablando en voz baja:
—¡Pero eso no puede ser! ¡Piense en lo que dirán si se queda usted aquí!... No tema que esté mal cuidado. Ahora hay un poco de desorden, pero todo se arreglará esta misma noche.
Ella no oía, y tal era la decisión enérgica reflejada en su rostro, que don Antonio creyó estar viendo á la verdadera reina Calafia. De nuevo había fijado sus ojos en aquel hombre amenazado de muerte, que se mantenía insensible á cuanto le rodeaba, no dando otros signos de existencia que su jadeo doloroso. «¡Pobre muchacho!... ¡Cómo dejarlo abandonado!...» Le sería imposible vivir lejos, en interminable inquietud por las suposiciones de olvidos, descuidos y peligros que irían amontonándose en su pensamiento.
Miró después al catedrático con una expresión dolorosa de reproche:
—¿Cree usted que no sirvo para cuidar un herido porque soy rica y vivo en el lujo?
Sus ojos parecieron compadecer la ignorancia de su oyente, pero éste protestó. Le eran bien conocidos el aplomo y la independencia con que las mujeres de su país avanzan en la vida, su deseo de bastarse á sí mismas, adaptándose con maravillosa ductilidad á todos los cambios y sacudimientos que traen consigo los altibajos de la existencia. Él sabía que para las más de las multimillonarias norteamericanas no es asunto de vida ó muerte ocuparse de la cocina, vestidas de ceremonia, con un collar de perlas de un millón sobre el pecho, cuando á última hora el cocinero se declara en huelga. Todas procuraban poseer la habilidad manual, la conformidad ante el destino, la energía paciente, que durante miles de años habían sido privilegio de los hombres, dándoles la supremacía sobre el otro sexo.
Mascaró estaba seguro de que no iba á ser para la señora Douglas empresa extraordinaria pasar en aquel caserón días y días cuidando á un enfermo. Allá en Monterrey, durante su primera juventud, cuando aún no era rica, habría conocido situaciones iguales ó peores.
—Pero no es eso lo que me preocupa. Piense, señora, lo que dirán si usted se instala aquí...
Le fué imposible al catedrático continuar sus advertencias.
—Procure que su padre no sepa nada—interrumpió ella—. Dígale que me lo he llevado de viaje varios días, que hemos ido... ¡adonde usted quiera! Lo importante es que el pobre Balboa no sufra una emoción violenta. De mí no se preocupe. He vivido bastante para saber hasta qué punto debemos hacer caso de la opinión ajena.