Quedó silenciosa largo rato, mientras organizaba mentalmente, con todas sus previsiones de mujer ordenada, el mejor servicio para cuidar al herido.
—Como tal vez me quede aquí mucho tiempo—continuó—, es preferible que vuelva yo misma al hotel y traiga lo más indispensable para mi vida. Además, necesito ver á Rina, darle mis órdenes. ¡Quién sabe cuándo volveré á salir de esta casa!... Usted, don Antonio, no sabría cumplir mis encargos por más explicaciones que le diese. Las mujeres nos entendemos mejor y más pronto.
Rogó al médico que no se apartase del herido hasta su vuelta. Sus ojos acariciaron una vez más, desde lejos, el rostro de Florestán, engañosamente enrojecido por la fiebre, y cuya boca se contraía con murmullos de sílabas cortadas que sólo de tarde en tarde llegaban á formar una palabra entera.
—¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!
Y se arrancó á esta contemplación, saliendo del dormitorio después de hacer un gesto á su acompañante para que la siguiese.
Mientras rodaba el automóvil hacia Madrid, habló al catedrático con el tono de un superior que da órdenes. Le dejaría cerca de su hotel para que fuese inmediatamente á casa de Ricardo Balboa, antes de que éste se inquietase por la ausencia de su hijo.
—Dígale que la señora Douglas, que, como él sabe muy bien, es una caprichosa, medio loca, ha sentido de pronto el deseo de ir á una ciudad muy lejana... ¡muy lejana! y obligó á Florestán á que la acompañase, sin darle tiempo para escribir una carta... Como usted estaba presente, fué Florestán quien le encargó que avisase á su padre. Este viaje durará unas semanas, y bien podría ser que durase un mes ó dos. ¡Es tan fácil que la señora Douglas cambie de ideas, prolongando su excursión!... En fin, usted es un sabio, y dirá lo más conveniente para que el pobre no sospeche la verdad. ¿Estamos de acuerdo?...
Cerca de su hotel bajó la viuda del automóvil, mientras Mascaró seguía hacia el barrio donde estaba su casa y la de Balboa.
Aquella dama no se había acordado un solo momento de su hija y su esposa. ¡Como si Florestán no existiese para ellas!... Afortunadamente, don Antonio disponía de tiempo para pensar de qué modo la historia mentirosa dedicada al padre podría hacerla extensiva á su propia familia.
Cuando la señora Douglas entró en su salón, Rina se puso de pie, dejando sobre una mesa, junto á la lámpara eléctrica, el libro con cuya lectura había entretenido su espera impaciente.