—Debemos comer en seguida. Tal vez no te acuerdas de que esta noche vamos al teatro.
—Come tú; yo no tengo apetito; y así que termines, sube. Voy esta noche á otro lugar menos divertido; luego te lo diré. Debes prepararme una maleta con las cosas más necesarias. Voy á vivir unos días fuera. Tú vendrás á verme y volverás á Madrid para mis encargos ó á recoger mis cartas... Ni una palabra á nadie. Come y vuelve pronto.
Al quedar sola, entró en su dormitorio y pasó á otras piezas contiguas, abriendo armarios para reunir ropas interiores y objetos de tocador.
Mientras realizaba esta busca, su pensamiento, que estaba lejos, le hizo repetir maquinalmente, con voz sombría, las mismas palabras que habían concretado desde el primer instante su compasión y su cólera:
—¡Pobre muchacho!... ¡Qué infamia!
Era la hora más silenciosa del hotel. Se oía como un trueno lejano el rodar incesante de los vehículos en las calles próximas, á través de muros y ventanas cerradas. Los corredores anchurosos y de techo relativamente bajo, iguales á los de un trasatlántico, permanecían desiertos. Toda la vida del edificio estaba concentrada cerca del suelo, en los comedores y el bar. Los domésticos de los pisos altos, aprovechando la ausencia de los huéspedes que habían salido para comer, pasaban igualmente á otras dependencias del hotel.
La señora Douglas abandonó su rebusca al oir cómo llamaban con los nudillos en la puerta común de sus habitaciones que comunicaba con el corredor. Era un llamamiento insistente, tenaz, y al mismo tiempo con cierta discreción, como si el que llamase temiera ser oído de las habitaciones inmediatas.
Creyendo que Rina le enviaba un recado con algún doméstico, fué hasta la puerta y tiró del pestillo interior.
A pesar de que las emociones sufridas una hora antes la habían hecho insensible á toda sorpresa, lanzó una ligera exclamación reconociendo al hombre que ocupaba el rectángulo de la puerta. Era Casa Botero.
En vez de retroceder para que entrase ó de permanecer inmóvil cerrándole el paso, avanzó de tal modo, que el otro tuvo que hacerse atrás, quedando los dos en el pasillo. Fué un movimiento de repulsión instintiva, como si la entrada de aquel hombre en sus habitaciones representase un peligro de contagio.