Quedaron ambos bajo uno de los hemisferios de cristal mate que esparcían su luz velada desde el techo. Sonrió el marqués con expresión amable que á ella le parecía odiosa, explicando al mismo tiempo su audacia al venir hasta esta puerta sin su permiso.
Repetidas veces había preguntado aquella tarde por la señora Douglas al portero del hotel, recibiendo siempre la respuesta de que aún no estaba de vuelta. Luego, cerca del anochecer, le dijeron que acababa de salir con un señor. Ahora había visto abajo á Rina, y temiendo que la viuda estuviese enfadada con él, hasta el punto de rehuir su presencia, consideró oportuno subir para darle ciertas explicaciones.
La californiana le escuchaba inmóvil, cada vez más rígida, estirando los brazos á lo largo de su cuerpo, los hombros caídos, el cuello avanzado, la barbilla saliente y los ojos puestos en él con una fijeza agresiva. Su silencio y esta mirada turbaron un poco á Casa Botero, pero inmediatamente recobró su aplomo de buen mozo satisfecho de sí mismo:
—Adivino que ya sabe usted lo que pasó esta tarde. Como le dije en muchas ocasiones, el hombre que se atreva á ser mi rival está sentenciado á muerte. Yo la amo á usted como ninguno podrá amarla, y si alguien se cruza en mi camino tiene contados sus días.
Concha Ceballos, siempre silenciosa, avanzó unos pasos más; y el otro, instintivamente, fué retrocediendo por la mitad del pasillo, sin dejar de hablar:
—Yo no tengo la culpa. Ese niño inexperto ha querido medirse conmigo... ¡conmigo! y le he dado una lección abriéndole un ojal en el pecho que tal vez...
No pudo seguir. Aquella mujer, que al principio parecía haber crecido con el estiramiento de la sorpresa, se contrajo de pronto y dejó escapar uno de sus brazos, pegados hasta entonces á su cuerpo. La mano se separó del muslo, chocando con una violencia instantánea y ruidosa en la cara del marqués.
Vaciló éste bajo el ímpetu del golpe. Además, la sorpresa entró por mucho en su aturdimiento. Era una bofetada hombruna, un manotazo atlético... ¿Una mujer podía pegar así?
Su desorientación y el dolor físico le hicieron olvidar el sexo del adversario que acababa de surgir enfrente de él. Además tuvo miedo de que el golpe se repitiese. El instinto de conservación le hizo defenderse y levantó una mano.
La viuda Douglas cortó entonces su mutismo con una risa estridente, igual al frotamiento de dos pedernales. Veía cumplidos sus deseos: aquel hombre la trataba como un igual... Ahora su mano diestra se cerró, dura como una maza. La izquierda vino á situarse ante su rostro, con el codo en ángulo, como si colocase todo su cuerpo bajo la protección de un escudo invisible.