Avanzó, partiendo el aire por dos veces con su brazo derecho. El puño cayó como una clava sobre el rostro de aquel hombre, magullando su nariz, enrojeciendo instantáneamente su boca. Una de las sortijas de la luchadora había cortado con su piedra los labios del enemigo. La mandíbula de éste pareció crujir bajo un tercer golpe y todo él se vino abajo, intentando al derrumbarse tocar á su ágil adversaria con una agitación inútil de brazos y piernas.

Quedó de espaldas en el suelo, quiso levantarse y no pudo. La reina Calafia, con el cuerpo arqueado, los brazos en alto y los puños vigorosamente apretados, fijaba en él unos ojos de fría crueldad, dispuesta á repetir sus golpes tan pronto como le viese de pie otra vez... Pero acabó por desplomar su cabeza en la mullida tira de alfombra que cortaba el centro del pavimento, y lanzando una especie de ronquido, quedó inmóvil.

Entonces, la amazona, con el implacable orgullo de la venganza, sin darse cuenta tal vez de lo que hacía, fijó su pensamiento en otro hombre, levantó un pie y puso su tacón alto y agudo sobre la boca del caído.

IX
Cómo la reina Calafia alabó la invención del automóvil

Una semana había transcurrido solamente desde su instalación en la quinta de Alaminos, y ella se imaginó más de una vez, al rememorar el pasado, que llevaba varios meses viviendo en dicho lugar. En ciertos momentos hasta creía haber estado allí siempre, olvidando el suceso inicial que la impulsó á realizar tal cambio.

Otras veces recordaba la inquietud de las dos primeras noches pasadas en esta quinta, sus largas horas de angustia, durante las cuales miraba con avidez los cristales de los balcones, deseando que blanqueasen bajo la claridad lívida del alba, como si la luz de un nuevo día pudiese traer para ella la certeza de la salvación de Florestán. Manteníase insensible en estas noches al sueño y al cansancio, leyendo en un sillón, sin saber ciertamente lo que leía, interrumpiendo su lectura para pasar una mano por la frente del herido, contestando con palabras de maternal arrullo á las incoherencias que la fiebre hacía surgir de su boca.

Abría el joven sus ojos con momentánea lucidez en las altas horas nocturnas, mirando extrañado á la persona que se inclinaba sobre su lecho.

—Soy yo—decía en voz queda la señora Douglas—. ¡Soy yo!

Mas el enfermo volvía á juntar los párpados, avisado tal vez por un obscuro instinto de que aquella mujer era una figura de visión, una imagen de pesadilla, y lo mismo podría continuar viéndola con los ojos cerrados.

Durante las horas meridianas, que eran las mejores para el herido, Rina y una enfermera venida de un sanatorio de Madrid se encargaban de su cuidado, y ella, vencida por el cansancio, intentaba dormir. Pero de pronto sentía la zozobra del que ve cortado su reposo por la sospecha de que sus asuntos están abandonados, é inmediatamente se levantaba para sustituir á sus dos reemplazantes, creyendo encontrar, al volver de tales ausencias, descuido y torpeza en torno al lecho del enfermo.