En muchos años no había experimentado un contento de vivir igual al que sintió cuando dijo el médico que ya había pasado el peligro y no era probable aquella inflamación interna que tanto le inquietaba. La robustez y la juventud del paciente acelerarían su restablecimiento.

Vió á Florestán más pálido y decaído que antes, sin la engañosa animación de la fiebre, pero esta debilidad le permitía apreciar mejor lo que le rodeaba. Sus ojos indecisos y velados, ojos de persona que despierta, se fijaron otra vez en la mujer que se movía junto á su lecho. Primeramente contemplaron aquellas manos bien cuidadas y fuertes, de acariciante suavidad, que arreglaban y alisaban el embozo. Creyó reconocerlas el herido por el óvalo elegante y sonrosado de las uñas, en forma de almendra, por las sortijas, basamento brillante de sus dedos. Luego su mirada siguió el curso de los brazos y la redondez del pecho, para fijarse últimamente en las dos pupilas negras, con reflejos de oro, lacrimosas de emoción, que parecían salir al encuentro de sus ojos. Ahora no podía dudar de que era un personaje real. Y ella, adivinando su pensamiento, dijo con voz suave y lejana, como un murmullo acuático:

—Soy yo. ¡Sí, soy yo!

Después de dos noches pasadas junto al lecho de un herido en delirio, no queriendo fijarse mas que en el presente para atender mejor las obligaciones que se había impuesto, negándose á pensar en el porvenir por miedo á ver ante sus pupilas la lenta palpitación de las alas de plomo de la muerte, iban á empezar para ella los goces de una convalecencia ansiada.

No hay voluptuosidad física comparable á la del enfermo que vuelve á la vida y aprecia con cálculos enteramente nuevos el valor de la salud. Sólo pueden sentir esta misma alegría los que le defendieron con sus cuidados, los que lo disputaron á la muerte, y al acompañarle en sus primeros pasos á través de una segunda vida, saborean el orgullo del artista ante la obra propia gloriosamente realizada.

La señora Douglas se sintió vivir en aquel caserón viejo, donde faltaban muchas de las comodidades elementales de la existencia moderna, con mayor placer que en los «Palaces» más famosos de Europa, que la tenían por cliente todos los años.

Nadie podía venir á turbar su gozoso aislamiento con inesperadas intrusiones.

El médico, viendo pasado el peligro, había tenido que atender á sus deberes en la ciudad y sólo hacía una visita diaria á la quinta.

Mascaró no había vuelto. Se limitaba á buscar á este médico en Madrid para pedirle noticias del herido. No quería aprobar con su presencia la instalación de la señora Douglas en aquella casa, al lado de Florestán. El amigo de éste que había sido su padrino, sirviéndole además de emisario, se presentaba una vez al día para ofrecerse á cumplir en la ciudad todos los encargos que se le hiciesen.

Cuando el simpático Alaminos supo que en su quinta había un herido, consideró necesario visitarle. Era «un deber entre caballeros y hombres de armas», como él decía. Pero al encontrar instalada en su casa á aquella dama fué discreto, limitándose á saludarla desde lejos, y desapareció sin dar á entender quién era.