Luego los jardineros repitieron las palabras de su amo, haciendo saber á la señora Douglas que «podía disponer de la quinta entera como si fuese suya». El señor les había dado orden de obedecerla en todo. Después de este acto caballeresco, Alaminos, siempre simpático y amigo de sus amigos, fué contando en secreto á todos los que hablaban con él—exigiéndoles antes palabra de honor de que guardarían silencio—, cómo «aquella señora extranjera que guiaba su automóvil, aquella norteamericana buena moza, pero ya un poquito jamona, que lucía por las noches en las comidas del Ritz unos brillantes que quitaban la vista», se había instalado en su casa para cuidar á un herido.

Era esto como un honor para su quinta, y no podía callarlo. Resultaba más fuerte que su discreción. En su propiedad habían sido curados muchos heridos; por dos veces habían sacado cadáveres del jardín en un carruaje, como si estuvieran desmayados, para que muriesen luego por segunda vez en sus viviendas propias; pero nunca se había quedado un herido á vivir en ella, cual si fuese un hotel ó un sanatorio, ni una gran señora le había asistido día y noche.

Para el simpático Alaminos hubiese sido otro motivo de orgullo conocer el estado de ánimo de aquella extranjera. Encontraba diariamente nuevos encantos á este caserón, que era viejo sin ser antiguo, monótono, triste, sin más particularidad extraordinaria que las frías y exageradas dimensiones de sus piezas.

Le parecía á la señora Douglas muy interesante aquella en que la habían instalado: un salón que era á la vez dormitorio, con muebles de caoba del estilo predilecto de los burgueses de París en tiempos del rey Luis Felipe y cama de igual madera, á la que afortunadamente le habían quitado los cortinajes de reps, polvorientos y abundosos en polillas. Este salón, como todas las habitaciones largamente deshabitadas y de tardío aireamiento, tenía un perfume de humedad, de atmósfera cerrada, un olor «de años». Las butacas vacilaban sobre sus patas inseguras. Durante la noche crujían las maderas y resonaba, agrandado por el silencio, el trabajo roedor de las carcomas abriendo túneles en las fibras leñosas. Los espejos lanzaban gemidos por su cara interna, como si fueran á abrirse círculos en el agua vertical de su luna, resurgiendo de este lago rectangular, duro y muerto, todas las imágenes reflejadas durante un siglo.

En las paredes había retratos pálidos que databan del principio de la fotografía, y cuya tinta, negra en otro tiempo, tenía ahora un color rojizo de chocolate desleído. Eran damas de amplia falda á festones, ahuecada por el miriñaque, igual al casquete de un globo inflado, con una rosa en la diestra y una pequeña capota de bridas sujetas bajo la barbilla; caballeros de corto levitín, pantalón amplio en las perneras y muy ceñido al pie, de tela á grandes cuadros, el rostro con bigote y patillas, y al lado de ellos, sobre una columna, un sombrero de copa enorme. Debían ser los padres, los abuelos y otros parientes del dueño de la finca. Habían muerto sin duda muchos años antes, pero la señora Douglas consideraba muy atractiva la sociedad muda de tales fantasmas.

Todos estos caballeros debían haber amado á las señoras con miriñaque. Y ellas, aspirando eternamente el perfume de la rosa que guardaban en una mano, les sonreían como mujeres satisfechas de la vida; porque en la vida encuentran todos una pequeña cosa frágil, que se renueva incesantemente, y se llama amor. ¡Qué gentes tan simpáticas!...

Además, aquel jardín abandonado, que era á la vez huerta y terreno baldío, le parecía todas las mañanas más hermoso. Al bajar á él salían á su encuentro nuevos motivos de admiración. En invierno, esta tierra dura, áspera y blancuzca sería repelente bajo el pie. Ahora, la primavera, que da para todos, caldeaba sus anémicas entrañas, haciendo surgir flores comunes y vistosas de los bancales arañados por el jardinero, cubriendo además con una vegetación gratuita y espontánea el suelo abandonado.

Iba ella por los senderos, ó bajo los vetustos árboles de las alamedas, con la misma alegría de su juventud en Monterrey, cuando despertaba en el «rancho», varias veces hipotecado, último vestigio de la riqueza de los Ceballos. Con la habilidad de una mujer que ha nacido en el campo, combinaba las hierbas y las flores del jardín de Alaminos hasta formar un gran ramo, y subía con él á la habitación del convaleciente para ofrecérselo como un saludo matinal. Lo aspiraba el joven con delicia, mirando al mismo tiempo á su portadora. Abarcaban sus manos el haz florido, pero al hacer esto iban en busca de las manos que lo sostenían, prolongando el contacto en un largo silencio.

Ella, deseosa también de prolongar este contacto, tenía que hacer esfuerzos para no gemir de dolor. Disimulado por la manga de su brazo derecho, un fuerte vendaje oprimía su muñeca. Todo movimiento rápido, todo roce violento, la hacían recordar inmediatamente ciertos puñetazos que habían quebrantado su antebrazo y sus dedos. Pero sobreponiéndose á esta tortura pasajera, procuraba olvidarla, mostrándose alegre por el restablecimiento del herido. Sentía además la voluptuosidad del sacrificio al pensar que este dolor lo sufría por Florestán.

Al recobrar el joven la completa percepción de cuanto le rodeaba, había entretenido el tedio de sus largas permanencias en el lecho esforzándose por evocar y coordinar muchas imágenes entrevistas en su delirio, apartando los disparates de la pesadilla de lo que bien pudieran ser cosas reales, turbiamente contempladas á través de la fiebre.