No había sentido una sorpresa extraordinaria al darse cuenta de que la señora Douglas existía junto á su lecho bajo las formas tangibles de un ser real. Estaba seguro de haberla visto antes, en algunos claros de su delirio, cuidándole con maternales caricias. Una sensación resbaladiza de agua fresca y murmurante pasaba por su cuerpo ardoroso de afiebrado al sentir el contacto de sus manos suaves y escuchar lejana, muy lejana, la música de su voz. Había visto su rostro y sentido sus manos. Esto le parecía indiscutible; pero vacilaba al evocar otros recuerdos más indecisos de su delirio.

Creía haber sido besado en la frente repetidas veces durante este delirio: besos de unos labios arqueados hacia abajo por el desaliento y el dolor; besos de una boca llorosa que no se parecía en nada á la boca de las horas felices. Ésta, al reir, elevaba siempre sus comisuras como si fuesen alas rosadas, formando un arco de puntas salientes y temblonas... Mas como no tenía certeza de la realidad de tales caricias, sus ojos preguntaban á su cuidadora con muda interrogación el secreto de este recuerdo confuso, y ella, como si adivinase su pregunta, volvía el rostro, procurando no verlos.

En ciertos momentos sentía la señora Douglas un deseo de estar sola para paladear mejor aquella especie de embriaguez interna que la animaba, infundiéndola nuevas energías, haciéndola ver con distintas formas y colores los seres y las cosas. Y dejando confiado el convaleciente á Rina ó á la otra mujer, bajaba al mediocre jardín, que era ahora para ella como un lugar de seductores encantamientos. Su vegetación descuidada, sus islotes de álamos, en los que se refugiaban los pájaros huyendo de los yermos próximos, ofrecían un ambiente favorable á sus ideas y deseos.

Había descubierto un nuevo sabor á la existencia. Hasta pocas semanas antes la vida le parecía sin objeto, con una finalidad material, estrecha y monótona, que no valía la pena de ser tenida en gran consideración. Le avergonzaba hacer memoria de cómo había vivido hasta entonces. Viajar, comer, ponerse vestidos nuevos; sentir halagado su orgullo por la envidia ó la admiración de otras mujeres; asistir á fiestas que las más de las veces eran aburridas y no interesaban su curiosidad, como al principio de su instalación en Europa; gozar las voluptuosidades materiales de la riqueza, la certidumbre de poder cumplir sus deseos, la vanidad de la potencia, la tranquilidad de un porvenir á cubierto de las humillaciones de la pobreza, de las inquietudes del futuro, de los caprichos de la desgracia: esto era todo. ¿Y ella había podido vivir así, contenta?...

Ahora tenía algo que no le habían proporcionado nunca el lujo y la riqueza.

«Sé para lo que vivo—pensaba—. Conozco por primera vez qué es lo que quiero.»

Siempre le había parecido el amor algo vulgar y engañoso, útil solamente para entretener á los pobres y á los débiles, consolándolos de su posición inferior, haciéndoles llevadera su desgracia. También servía de pretexto á otros para disfrazar sus corrupciones con una falsa poesía. Mas los fuertes, los que forman la verdadera aristocracia humana, estaban enterados de todos estos engaños y los evitaban, menospreciando el llamado amor.

Ella deseaba ser fuerte, y sentía el orgullo de pertenecer á este grupo selecto de gentes superiores. Lo distinguido en la existencia era mostrarse inmune para el amor; calamidad igual á la guerra y á las grandes epidemias; desgracia que se ceba en el pobre rebaño humano; sentimiento útil únicamente para los seres faltos de personalidad, que no pueden seguir el camino de la vida solos, por sus propios pies, y necesitan apoyarse en otro ser ó en varios para llegar al término de su jornada; delicia de la que todos hablan y que se pierde á los pocos momentos de haberla conocido; dulzona emoción que pone melancólicas y hace llorar á las mujeres con alma de modista...

Pero ahora, viviendo en una quinta medio abandonada, junto á un suburbio de los más feos de Madrid, creía haber nacido á una vida nueva y superior, encontrando egoístas y perversos los pensamientos que la habían acompañado durante la mayor parte de su existencia, avergonzándose de ellos como si fuesen amigos desenmascarados á última hora como temibles criminales.

Juzgaba estúpido haber pretendido librarse del amor porque es una pasión general, y todos en la tierra, poderosos y humildes, buscan conocerla, aunque sea una sola vez en su historia. Las grandes pasiones que ennoblecen nuestra vida son simples, elementales y comunes, saltando por encima de clases y privilegios. Ciertamente, el amor resulta las más de las veces vulgar y risible visto desde lejos, porque vulgares y risibles son igualmente la mayor parte de los humanos; pero los seres escogidos que forman la aristocracia de la vida, al penetrar en el amor, lo ennoblecen y continúan siendo dentro de él una brillante excepción. Además, ¿por qué debía creerse ella diferente á los otros mortales?... De seguir manteniéndose en su antiguo y orgulloso aislamiento, habría acabado por convertir este aislamiento en un privilegio triste, igual al de los monstruos que se sienten orgullosos del terror y el vacío que siembran alrededor de ellos. La pobre Rina, en su pobreza mental, había visto más claramente la verdadera finalidad de la existencia, y por eso buscaba con empeño aquel amor que se escabullía ante sus pasos.