Se marcharían los dos por ese mundo inmenso, convirtiendo la tierra entera en jardín de su felicidad. Dejarían á Rina en cualquier parte, como un equipaje molesto, para seguir con mayor desembarazo sus peregrinaciones caprichosas. Florestán trabajaría ó no trabajaría, según fuese su deseo. Si le atormentaba la necesidad de acción que sienten los hombres fuertes, irían á California, para que la emplease en los negocios de su mujer. Ella era rica para los dos... Y al ir armando de este modo el edificio de su vida futura, el egoísmo del amor sólo le dejaba ver en todo el universo á una pareja de seres: ella y Florestán. Los demás eran fantasmas.
De pronto se acordó de cierto padre que estaba enfermo... ¡Pobre Balboa! Ella cuidaría de su porvenir; y organizó mentalmente su existencia con la misma prontitud que había resuelto el destino de Rina. Vió luego, más lejos, muchísimo más lejos, á don Antonio Mascaró y á las mujeres de su familia. Pero esta visión remota é incierta se esfumó inmediatamente bajo un manotazo egoísta de su voluntad. Ella tenía derecho á ser feliz, como cualquiera otra mujer. ¿Iba á sacrificarse siempre por los otros?...
Toda su atención era para el personaje único á través del cual veía lo existente. Había crecido tanto, ¡tanto! dentro de ella, que ocupaba todo su horizonte mental. Las ciudades más enormes, las montañas más altas, los océanos, le parecían sin realidad comparados con Florestán. Como lo tenía junto á sus ojos, lo llenaba todo, eclipsando al universo entero, humillado é invisible á sus espaldas.
La consideración de esta grandeza le hizo sentir de pronto el deseo de ver á su dios, y con la precipitada inquietud del que teme una burla del destino, subió al dormitorio. ¡Quién sabe lo que puede ocurrirle á un enfermo mientras se vive lejos de él!...
Al llegar á la puerta de dicha habitación sonrió tranquilizada, viendo el aspecto alegre del joven. Él también había estado pensando durante su ausencia en el porvenir de los dos.
Cuando Florestán pudo, una mañana, abandonar el lecho y sentarse por algunas horas en un sillón, creyó la señora Douglas que iba á terminar su ocultamiento en aquella quinta, empezando inmediatamente el viaje de amor por el mundo entero. Al arreglar una almohada en el respaldo del asiento para mayor comodidad del joven, éste le tomó ambas manos.
No osaba manifestar sus deseos valiéndose de palabras, pero después del duelo y de su herida sentíase con mayores audacias para la acción. Esta torpeza verbal le hacía abominar de su timidez, y al mismo tiempo gustaba de prolongar dicho silencio contemplando su propia imagen en el espejo convexo y obscuro de las pupilas de ella, mientras oprimía dulcemente sus manos. Así permanecieron largo rato... Y al fin murmuró, como si formulase una oración repleta de súplicas:
—¡Si usted quisiera!... Lo mismo que cuando yo estaba enfermo... Aunque sea en la frente.
Ella le comprendió, y considerando impropias en tal momento preguntas y explicaciones, fué avanzando con lentitud su boca hasta posarla en la frente del joven. Luego, obedeciendo á un tirón instintivo de éste ó dejándose llevar por la inconsciencia del propio deseo, la boca fué bajando para unirse con la de Florestán, que subía ávida á su encuentro.
Tenía esta boca varonil un perfume químico de medicamentos recién absorbidos, pero Concha dejó inmóviles sus labios sobre ella, como si al aspirar con deleite el olor de drogas gozase la voluptuosidad del sacrificio... Su prudencia la sacó con violento tirón de esta embriaguez naciente.