—Ahora no... Piense en su estado. No seamos locos.

Guardaban los dos al separarse un sentimiento de mutua gratitud, y cuando otras personas entraron en la habitación, este agradecimiento siguió manifestándose con largas miradas y palabras insignificantes en apariencia, que expresaban para ambos el mejor recuerdo de su vida.

Después de pasadas las horas meridianas el enfermo volvió á acostarse por consejo del médico, que había venido á hacerle su visita diaria. No debía cometer imprudencias. En los días sucesivos podría estar levantado más tiempo. Antes de una semana bajaría al jardín, y tal vez transcurridos quince días abandonaría para siempre aquella casa.

Cuando se fué el médico y Florestán quedó confiado á la enfermera, pudo la señora Douglas sentarse á la mesa con Rina, en el comedor de la quinta.

Las dos ocupaban un extremo de esta mesa, en la que comían en otros tiempos más de veinte convidados. Nunca había visto Rina á su amiga de tan buen humor como en el momento presente. Reía todas las palabras de ella y de la jardinera, ocupada en servir la mesa. Admiraba con un fervor entre bondadoso y burlesco los cuadros representando frutas y otros comestibles que adornaban aquella habitación: lienzos ya resquebrajados, sobre los cuales un pintor de «bodegones» había ido fijando ingenuamente sus fantasías gastronómicas.

Hasta se sirvió la viuda un vaso de cierto vinillo claro de la Mancha que la hortelana ponía sobre la mesa por ornamento tradicional, pues en ninguno de los días anteriores había llegado á ser destapada la botella. Canturreaba entre plato y plato, mirando maliciosamente á Rina.

—Pronto nos iremos de aquí. Nuestra vida va á transformarse. Ya estoy cansada de que vaguemos de un lado á otro de la tierra como dos gitanas, teniendo que defendernos de los que nos toman por lo que no somos. Creo que me voy á casar... No parpadees; no pongas esa cara de hipócrita. Demasiado sabes con quién... Y tú te casarás lo mismo que yo. No sé cuál será el dichoso mortal á quien le toque esa suerte; pero te casarás, te lo prometo. Si es preciso te compraré un marido; y si no te parece bien el primero, te compraré un segundo...

La entrada de la jardinera trayendo un gran plato contuvo á la dama, que, enardecida por sus propias palabras, sentía un deseo pueril de lanzar expresiones atrevidas.

De pronto forcejeó en un dedo de su mano izquierda, mostrando luego entre las yemas de tres dedos de su derecha una sortija con un grueso diamante.

—Tome usted; para que se acuerde de mí y de este día.