Y alargó el brazo, dejando caer dicha joya en una mano de la pobre mujer, que acababa de colocar su plato sobre la mesa.

—¡Jesús me valga!... Pero ¿qué voy á hacer yo con eso, señorita?... Semos unos pobres, y las cosas tan ricas no son pa nosotros.

Insistió la viuda, con la gozosa violencia del que desea hacer partícipe á todos de su dicha.

—Guárdela ó véndala... lo que más le convenga. Así se acordará siempre de mí y del señorito Florestán.

Acabó la jardinera por introducir la sortija hasta la mitad de uno de sus dedos—no podía entrar más allá—, y contemplando las luces multicolores que lanzaba el diamante al mover ella su mano, prorrumpió en una carcajada igual á la de los seres primitivos ante las cuentas de vidrio y otros objetos brillantes y de escaso valor ofrecidos por los exploradores al desembarcar. Luego, como espoleada por su emoción, salió corriendo, y sus risas se perdieron escalera abajo. Necesitaba enseñar á todos este regalo inaudito.

Pasó la viuda las primeras horas de la tarde en agradable reposo. Era aquella comida la primera que había hecho tranquilamente desde que estaba allí. Además, iba paladeando en su pensamiento la certeza de su dicha futura. Veía el porvenir como una felicidad rectilínea que avanzaba hasta perderse en el infinito, sin altibajos, sin tener que abrir túneles ni echar puentes á través de los obstáculos del destino.

Florestán dormía, algo fatigado por el esfuerzo hecho horas antes al levantarse por primera vez, y las dos amigas conversaban en una habitación inmediata. Rina, que casi todos los días se trasladaba á Madrid para hacer compras y buscar en el hotel lo que iban necesitando de su equipaje, habló de cuanto había visto en estas rápidas visitas.

Pareció interesarse la amazona por noticias que el día anterior hubiese acogido con indiferencia. Al sentirse feliz empezaba á mostrar curiosidad por el mundo que había dejado á sus espaldas. Pensó en Casa Botero sin animadversión. Hasta sonrió un poco recordando cómo había terminado su última entrevista. ¿Qué sería de él?... Lo había dejado tendido ante su puerta, y cuando Rina vino á buscarla, media hora después, ya no vió á nadie en el pasillo.

—¿En ninguno de tus viajes has encontrado á tu amigo el italiano?...

Contestó Rina negativamente. Tal vez se habría ido de Madrid, al no poder averiguar el paradero de Concha. En el Palace Hotel todos creían que la señora Douglas estaba viviendo por unos días en Toledo.