Sintió la californiana una fuerte tentación de relatar á su compañera lo ocurrido junto á la puerta de sus habitaciones. Le impulsaba á esta confidencia su orgullo de amorosa. Era oportuno que Rina se enterase de cómo había tratado ella al hombre que hirió á Florestán. Se explicaba su desaparición. Indudablemente, al volver en sí y levantarse del suelo, no le habían quedado ganas de buscar otra vez á Concha Ceballos, la viuda millonaria. Y pensando esto, miró instintivamente por la abertura de una de sus mangas el vendaje que oprimía la muñeca de su brazo derecho.
Cuando empezó á hablar, no pudiendo reprimir la sonrisa maligna que despertaba en ella el recuerdo de tal episodio, se presentó la hortelana para anunciar en voz baja y con misterio:
—Abajo hay una señorita que quiere decirle una palabra.
Acogió la viuda esta noticia con extrañeza. Debía ser un error. ¿Qué señorita conocía ella que pudiera venir á buscarla en la quinta de Alaminos? ¿Cómo sabían que vivía aquí?... Pero la mujer siguió dando explicaciones.
—La conoce á usté y ha dicho su nombre. Es una señorita muy jovencita que no parece extranjera. Pa mí que es de Madrid. Le he pedido que me diga cómo se llama, y contestó nones. Dice que usté la ha visto otras veces, y que necesita darla una razón... La pobre da lástima. ¡Si usté hubiese oído cómo me pidió que la dejase entrar!... Debe verse en alguna necesiá.
Había llegado con otra de sus mismos años, en un automóvil del alquiler que permanecía fuera del jardín.
—Su compañera está en el auto, y la única que ha entrao es la que quiere verla á usté.
Preocupada la señora Douglas por esta visita, fué á uno de los balcones, pero no vió á nadie en la vieja alameda que conducía de la verja de entrada hasta la casa. Debía estar en las cercanías del edificio y no alcanzaba á verla desde allí.
Se decidió á bajar al jardín. Por una precaución irreflexiva, creyó preferible esto á dejar subir á la visitante hasta las habitaciones del primer piso, donde estaba Florestán.
Rina se ofreció para hablar á la desconocida. Tal vez había venido por un error de dirección, y ella se encargaba de despedirla. Pero la viuda insistió en bajar. Aquella joven había dado su nombre claramente y era á ella á quien buscaba.