Avanzó por el jardín, mirando á un lado y á otro, sin ver á nadie. Luego sonaron unos pasos leves y rápidos detrás de ella, y al volver sus ojos vió cómo surgía entre dos grupos de bojes recortados en forma de muro una jovencita vestida con modestia, que á ella le pareció de excesivo rebuscamiento. Era la señorita que desea, á medias nada más, ser confundida con una doncella de servicio que ostenta sus ropas de domingo.
Inmediatamente la reconoció Concha, con una sorpresa que parecía ir más allá de los límites de su imaginación. Todo hubiera podido suponerlo menos esta visita. La hija de don Antonio Mascaró.
—¡Señora!... ¡señora!
Repetía balbuciente la misma palabra, como si no pudiese encontrar otra para seguir expresando sus pensamientos. Estaba intensamente pálida, le temblaban las manos, y de pronto se llevó éstas á sus ojos, rompiendo á llorar.
La señora Douglas, atolondrada por la aparición de la joven y su llanto inexplicable, le tomó las manos para atraerla á ella. Consuelito hizo un movimiento de repulsión, pero luego se dejó vencer por las manos acariciantes de la señora.
—No puedo hablar—dijo al fin con voz gimiente—. Al venir he pensado muchas cosas... ¡muchas! para decírselas á usted, y al verla no sé qué pasó por mí que lo he olvidado todo... ¡todo!
Mantuvo un momento sus ojos lacrimosos fijos en los de ella, con expresión implorante, y añadió:
—¡Hacerme tanto daño, cuando la he querido siempre!... Ahora mismo me ha bastado verla para reconocer otra vez que no puedo odiarla.
Al hablar iba recobrando su memoria. Acudían en tropel los pensamientos que la habían empujado y acompañado hasta poco antes.
—No diga á nadie que he venido, señora. Mi madre nunca hubiese hecho esto; pero yo soy otra cosa: pertenezco á otra generación; soy una «modernista», como ella dice, y he creído mejor hablar con usted francamente, en vez de aborrecerla y maldecirla desde lejos... Usted es buena, y tengo la esperanza de que me escuchará...