Pero otra vez pareció caer la noche en su pensamiento, y volvió á llorar, como arrepentida de la decisión que le había impelido hasta allí.

Concha Ceballos la llevó cariñosamente á un banco próximo, y en él tomaron asiento las dos. Estaba tan pálida como aquella visitante inesperada. Había en sus ojos una expresión de zozobra y de miedo. Incitaba á la joven á que hablase, y al mismo tiempo temía sus palabras.

Fué explicando Consuelito con alguna incoherencia y largas pausas cómo había nacido en ella el deseo de realizar esta visita. Desde el primer momento le parecieron inadmisibles las vagas noticias de su padre sobre aquel viaje hecho por Florestán en compañía de la señora Douglas. Luego, algunas amigas envidiosas, para gozarse en su dolor, le habían hecho conocer la verdad á medida que iban adquiriendo nuevos datos por los hombres de sus familias.

En Madrid circulaban las nuevas con la misma rapidez fácil que en un villorrio. Eran muchos los que sabían lo del duelo y la herida grave de Florestán. Además, el simpático Alaminos había contado en secreto á más de doscientas personas la instalación en su finca de aquella extranjera rica y elegante, para curar al herido. Una escena de novela, como sólo de tarde en tarde puede verse en la realidad.

Hacía varios días que la joven estaba enterada de todo esto. En vano, hablando aparte con su padre, apeló á diversas insinuaciones para que éste le dijese la verdad. Don Antonio mantuvo con firmeza lo del viaje, intentando desbaratar las sospechas de Consuelito. La madre, afortunadamente, estaba menos informada que la hija, limitándose á murmurar contra las señoras «modernistas» que se llevan de viaje á mozos solteros y con novia. Y la señorita Mascaró sólo podía dejar de fingir, dando expansión unas veces á su cólera y otras á su desaliento, en compañía de una amiga fiel que había sido su camarada de clase cuando ella estudiaba el bachillerato. Esta amiga, que seguía sus cursos en la Universidad y consideraba todas las cosas con una energía varonil, le había sugerido la idea de ir á la quinta de Alaminos para hablar á la señora Douglas.

—Esta tarde, como el que toma una resolución desesperada, nos hemos metido las dos en un automóvil... ¡y aquí estoy! Confieso que la he odiado mucho. Le he dicho cosas muy duras de noche, cuando, estando en mi cama, hablaba con usted... Pero ahora que la veo ya no sé qué decir.

Quedaron las dos en silencio. Tampoco la viuda mostraba deseos de hablar. La hija de Mascaró hizo un gesto como si hubiese encontrado al fin la palabra deseada, y dijo humildemente:

—Señora, ¡déjemelo!

A partir de este momento, fué ella la que tuvo mayor serenidad, animándose con el sonido de su palabra, cada vez más fácil, expresando sus deseos con una facundia creciente, igual á la de su padre.

Comprendía y hasta disculpaba el afecto que aquella señora podía sentir por Florestán. Como ella le amaba, le parecía por lo mismo ordinario que todas las mujeres, absolutamente todas, mostrasen interés por él. Pero Florestán no era un hombre para la señora Douglas.