Sus palabras revelaron sinceramente la admiración que había inspirado á la joven esta gran señora, procedente de un mundo de privilegiados que tal vez ella no conocería nunca. Todo lo que Consuelito podía imaginar de esplendores y refinamientos de vida lo concretaba en su persona. Era la única millonaria de existencia cosmopolita, la única mujer de novela—como decía su padre—que ella había visto de cerca.
Otros hombres debían interesar á esta dama poderosa. El pobre Florestán sólo tenía su juventud, y era ella, la camarada de su infancia, la admiradora desde la época en que jugaban juntos en los paseos, la que mejor podía acompañarlo en la existencia modesta y dulce para la que habían nacido los dos.
—Yo no podré querer á ningún otro, estoy segura de ello. Mi vida es tan pequeña, tan poca cosa, que únicamente tiene cabida para un solo hombre, y si me quita usted á Florestán, esta humilde vida mía habrá terminado... antes de empezar. Usted corre el mundo, señora; usted es rica; los hombres la admiran, ¡y encontrará seguramente tantos otros!... ¡Para qué tomarle á una pobrecita como yo lo poco que posee!...
Luego, bajando la voz y los ojos, como si se avergonzase de sus palabras, volvió á hablar con voz balbuceante. Titubeaba lo mismo que el que teme dar pasos en falso y hace cálculos antes de avanzar un pie.
—Sé bien la diferencia que existe entre nosotras. Usted es hermosa y elegante; yo soy una cosita de nada, á su lado. Un hombre no vacilaría entre las dos, estoy segura de ello. También tengo la certeza de que nunca llegaré á ser como usted... ¡Pero Florestán es tan joven!... Además, el tiempo pasa aprisa, y nunca seremos mañana como somos hoy.
Fué la señora Douglas la que se apresuró á hablar ahora, cortando el nuevo curso de las palabras de su visitante. Acarició con cierta melancolía sus manos, luego su rostro, y por unos momentos puso la cabecita de la joven sobre uno de sus hombros.
—¡Pobrecita mía!... ¡pobrecita mía!
Conmovida por esta caricia, derramó Consuelo nuevas lágrimas.
—¡Pobrecita mía!—murmuró otra vez la viuda—. ¡No llore usted!
De pronto apartó de ella á la joven, mirándola con ojos menos afectuosos. No había hostilidad para la otra en esta mirada. Sus pupilas reflejaron únicamente la tristeza del que acaba de tropezar inesperadamente con un obstáculo, obra de las potencias ciegas y fatales que cambian bruscamente el curso de nuestra existencia.