—¿Usted es el famoso Manos Duras, de quien tantas cosas he oído decir?…
El rústico jinete se mostraba turbado por las palabras y la sonrisa de aquella dama. Primeramente se quitó el sombrero con reverencia, «como si estuviese delante de una imagen milagrosa», pensó Moreno. Luego dijo, con cierta expresión teatral que en él era espontánea:
—Yo soy ese desgraciado, señora, y este es el momento mejor de mi vida.
La miraba el gaucho con ojos ardientes de adoración y deseo, y ella sonrió, satisfecha del bárbaro homenaje. Canterac, que encontraba ridicula esta conversación, hizo ademanes de impaciencia y murmuró protestas para reanudar la marcha; pero ella no quiso escucharle y continuó hablando al gaucho con sonriente interés.
—Dicen de usted cosas terribles. ¿Son verdaderamente ciertas?…
¿Cuántas muertes lleva usted hechas?
—¡Calumnias, señora!—contestó Manos Duras, mirándola fijamente—.
Pero si usted me lo pide, haré cuantas muertes quiera.
Elena se mostró complacida por esta respuesta, y dijo, mirando á
Canterac:
—¡Qué hombre tan galante… á su modo! No me negará usted que es grato oir tales ofrecimientos.
Pero el ingeniero parecía cada vez más irritado por este diálogo familiar de Elena y el cuatrero. Varias veces intentó introducir su caballo entre las cabalgaduras de los dos, dando fin de tal modo al diálogo; pero Elena le detenía siempre con un gesto de contrariedad.
Al ver que ella continuaba su conversación con Manos Duras, se volvió hacia Moreno, necesitando manifestar á alguien su enfado.