—Ese gaucho es un atrevido, y habrá que darle una lección.
El oficinista aceptó sin reserva lo referente al atrevimiento, pero levantó los hombros al oir hablar de lección. ¿Qué podían hacer ellos contra este vagabundo temible, si hasta el comisario de policía mostraba por él cierto respeto?…
—Debe usted conseguir—continuó el ingeniero—que no le compren más carne en el campamento ni acepten nada de lo que ofrezca.
Moreno contestó con signos afirmativos. Si no era mas que eso lo que deseaba, fácilmente podía hacerse.
Al fin Elena reanudó su marcha después de saludar al gaucho con cierta coquetería, satisfecha de su emoción y del deseo hambriento que reflejaban sus ojos.
—¡Pobre hombre!… ¡Un tipo interesante!
Mientras los tres jinetes se alejaban, Manos Duras siguió inmóvil junto al camino. Deseaba ver algunos momentos más á aquella mujer. Tenía en su rostro una expresión grave y pensativa, como si presintiese que este encuentro iba á influir en su existencia. Pero al desaparecer Elena con sus acompañantes detrás de un montículo arenoso, el gaucho, no sintiendo ya el deslumbramiento de su presencia, sonrió con cinismo. Varias imágenes salaces desfilaron por su pensamiento, desvaneciendo sus dudas y devolviéndole su antigua audacia.
«¿Por qué no?—se dijo—. Lo mismo es ésta que las que bailan en el boliche del Gallego. ¡Todas mujeres!»
Continuaron su paseo por la orilla del río la marquesa y sus dos acompañantes. De pronto, ella se levantó un poco sobre la silla para ver más lejos.
En una pradera orlada de pequeños sauces por la parte del río había dos caballos sueltos y ensillados. Un hombre y un muchacho habían descendido de ellos y parecían divertirse tirando un lazo por el aire. Era un lazo de cuerda, ligero y fácil de manejar, aunque de menos resistencia que los verdaderos lazos de cuero usados por los jinetes del país.