Al ser mencionado el puma, algunos volvían á sonreir torciendo sus ojos hacia Friterini. Un amanecer, al salir el camarero al corral del boliche, había visto saltar del fondo de un tonel vacío á una especie de tigre con la piel á redondeles y del tamaño de un perro. Era un puma que se había encogido para dormir en este refugio, dando una sorpresa formidable al nostálgico evocador de las serenatas de Brescia.
—Cuando tengamos agua y las tierras se rieguen—continuaba
González—vivirán aquí miles y miles de familias.
Él y sus rústicos parroquianos tomaban espontáneamente una entonación casi lírica al hablar de los prodigios del agua. Más allá de la Presa estaba Fuerte Sarmiento, adonde iban todos para tomar el tren. Este pueblo se había formado junto á un fortín, en la época de la expulsión de los indios. El ejército de ocupación pudo abrir fácilmente un pequeño canal, aprovechando el declive del río, y este curso líquido hacía del pueblo un oasis prodigioso en medio de las secas tierras colindantes. Álamos enormes formaban murallas defensivas de las huertas. La viña, toda clase de hortalizas y de árboles frutales crecían con la prodigalidad de una tierra vigorosa que empieza á procrear después de miles y miles de años de inacción. Su riqueza aún resultaba más sorprendente por contraste con el desierto que se extendía más allá de los tentáculos de sus últimas acequias.
Pero los tertulianos admiraban más otro oasis, á varias leguas de distancia, aguas abajo, en un lugar donde el río, por tener un desnivel natural, podía ser sangrado para el riego.
Un vasco había abierto fácilmente canales, regando leguas y leguas plantadas de alfalfa. Las excelencias de este pasto eran un motivo de admiración en el boliche. Todos adoraban, con el fervor del creyente, los milagros de la alfalfa con riego. En el territorio de Río Negro esta planta de origen asiático sólo necesitaba ser sembrada una vez. Los alfalfares, cuando tenían agua, resultaban perpetuos. En Fuerte Sarmiento los había que databan de poco después de la expulsión de los indios, y con treinta y tantos años de existencia estaban mejor que el día en que los sembraron. Según los cortaban crecían más fuertes y lozanos.
—Si el hombre pudiese comer alfalfa—declaraba sentenciosamente el Gallego—quedaría resuelto para siempre el problema social, al haber en el mundo comida de sobra para todos.
Por desgracia, sólo los animales podían asimilarse este alimento maravilloso. Las ovejas que el vasco apacentaba en sus alfalfares eran como bestias de otro planeta, donde una nutrición maravillosa diese á los seres proporciones exageradas.
—Parecen animales vistos con anteojos de aumento—decía el bolichero.
Su rico compatriota el vasco, orgulloso de sus prados infinitos y de sus ovejas enormes como mastines, se complacía en decir á algún vagabundo que pasaba junto á su propiedad:
—Si llegas á cargarte esa oveja, te la regalo.