Pero el hombre, después de grandes esfuerzos, no lograba echarse á la espalda el pesado animal. Cuando recibía á algún huésped, lo obsequiaba con un pavo puesto en el asador. Y el invitado se confundía al verlo sobre la mesa, creyendo que esta ave, nutrida con alfalfa, era un corderillo asado.
La abundancia que rodeaba al tal español le permitía ser tolerante con la miseria ajena y perdonar el robo. No podía transigir con Manos Duras y otros aficionados al cuatrerismo, porque se llevaban los animales enteros.
—Que me roben toda la carne que quieran—decía—; yo he sido pobre y sé lo que es el hambre. Pero á lo menos, ¡pucha! que me dejen los cueros.
Más de una vez, al recorrer á caballo su enorme propiedad, prorrumpia en maldiciones viendo junto á un canal las entrañas y otros restos de una oveja. Pero algunos pasos más allá encontraba la piel todavía fresca puesta sobre una alambrada, y esto le hacía sonreir.
—Así me gusta; que haya decencia y sólo se lleven lo que sirve para matar el hambre.
El dueño del boliche soñaba con alcanzar algún día la riqueza de su compatriota, poseyendo inmensos alfalfares. Y hablando del célebre pasto con otros que eran dueños igualmente de tierras yermas y esperaban el momento del riego, no sentían el paso de las horas nocturnas. Experimentaban las mismas emociones de los niños mientras escuchan en la velada el relato de un cuento prodigioso.
—¡Cuándo llegará el día que veamos la tierra de nuestros campos roja y cubierta de agua, lo mismo que si fuesemos á hacer ladrillos con ella!
Quedaban como extáticos al pensar en esto. Después miraban el reloj. Era tarde, y había que ir á la cama para levantarse con el alba. Todos al abandonar el boliche volvían sus ojos instintivamente hacia el río obscuro que se deslizaba sordamente, durante miles y miles de años, entre tierras yermas, negándolas su caricia gestadora de tantas maravillas.
Mientras llegaba la hora de ser millonario gracias á la irrigación, una de las mejores ganancias del dueño del boliche consistía en organizar los domingos corridas de caballos. Para esto necesitaba el permiso de don Roque, y no le era fácil conseguirlo.
El comisario tenía miedo á sus superiores. El gobierno federal había prohibido esta fiesta en los territorios de vida primitiva, por ser causa de borracheras y peleas. Pero el antiguo vecino de Buenos Aires, para vivir resignadamente en la Patagonia, necesitaba una compensación mayor que el sueldo dado por el gobierno; y á causa de esto, siempre que el dueño del boliche le hablaba á solas, conseguía vencer sus escrúpulos.