Otro jornalero más joven añadió, con una risa bestial:
—Anda como un perro detrás de esa gringa hermosota que huele tan bien y á la que llaman «la marquesa». Yo también, si pudiera…
Y añadió algunas palabrotas que hicieron reir á muchos con expresión salvaje de deseo. De pronto, un muchacho, un aprendiz, que estaba sobre una pequeña altura vigilando los alrededores, lanzó el grito de alarma:
—¡Un ingeniero!
Inmediatamente todos dieron un salto, buscando sus herramientas, y empezaron á simular un trabajo ardoroso, mientras el español iba avanzando entre los grupos al paso lento de su caballo.
Miraban de reojo á Robledo, y según éste se iba alejando, dejaban caer sus herramientas, sentándose otra vez. Volvió repetidas veces su cabeza el ingeniero, y se dijo, como el día anterior, que un poder oculto había trastornado la vida de la colonia. Gualicho andaba realmente por todas partes, y hasta hacía sentir su influencia fuera del pueblo, desorganizando el trabajo de los hombres.
Dejó á sus espaldas los numerosos peones de Pirovani, llegando al lugar donde sus propios obreros abrían los canales.
Estos trabajadores no permanecían en perezoso descanso. Torrebianca los dirigía y vigilaba, dándoles ejemplo con su actividad. Al ver á Robledo lo llevó aparte, como si tuviera que comunicarle una mala noticia.
—El perverso ejemplo de los obreros del dique empieza á perturbar á los demás. Nuestra gente quiere menos horas de trabajo, como los otros… No comprendo en qué piensa ese pobre Pirovani. Tiene completamente abandonadas sus obras.
Le miró fijamente Robledo, guardando silencio, mientras Torrebianca continuaba dándole noticias.