Con las mangas de la camisa recogidas y la pechera abierta, mostraba aún las frescas señales de su ablución matinal. Su rostro era más duro y autoritario que otros días. Una idea tenaz y molesta parecía colgar de su fruncido entrecejo. Sobre los muebles y en los rincones había numerosos paquetes envueltos en papel fino, atados y sellados elegantemente.
Se adivinaba que el ingeniero había dormido mal, por culpa de aquella idea que deseaba exponer á Moreno. Éste tomó asiento, preparándose á oir. Canterac se mantuvo de pie para seguir paseando, y dijo al oficinista:
-Ese Pirovani, á pesar de su ordinariez, me vence siempre. ¡Como es rico!…
Luego señaló los numerosos paquetes que ocupaban una parte de la habitación.
—Ahí tiene todos los perfumes que encargamos á Buenos Aires ¡Compra inútil! Los del italiano llegaron antes.
Moreno se apresuró á disculparse. Había hecho lo necesario para que el encargo viniese con rapidez; pero el otro, en vez de hacer el pedido por carta, enviaba un mensajero á la capital.
Canterac quiso mostrarse bondadoso y aceptó las excusas del oficinista, dándole unas palmaditas en la espalda.
—No he podido dormir en toda la noche, querido Moreno. Tengo un proyecto y quiero consultarlo con usted. Necesito aplastar á ese intrigante que se atreve á medirse conmigo… Aquí todos se consideran iguales, como si se hubiesen suprimido en el mundo las jerarquías. Hasta es posible que ese contratista se crea superior á mí, que soy su jefe; todo porque tiene más plata.
Sonrió Canterac con una expresión cruel, y siguió hablando.
—Yo haré que tenga menos. Hasta ahora le había tolerado ciertas cosas al aprobar sus obras. En adelante perderá muchos miles de pesos y se verá obligado á rescindir su contrato, yéndose de aquí.