—Un trabajo largo y difícil—siguió diciendo Moreno—. Ayer estuve allá para verlo todo por mis ojos, y crea usted que la gente gana bien su plata.
Cerca de la Presa, en una planicie vecina al río, limpia de vegetación, otros peones abrían hoyos en el suelo. Al llegar las carretas con los árboles, levantaban éstos y los metían en los hoyos, amontonando tierra en torno para que se mantuviesen erguidos.
—Son árboles de algunos metros nada más, pero resultarán extraordinarios en este desierto donde no hay otros que puedan servir de comparación. Tengo la seguridad, capitán, de que la sorpresa va á ser enorme. Eso no lo puede discurrir el italiano.
Canterac aprobó con un sonrisa de satisfacción las últimas palabras.
—Va usted á gastar toditos sus miles de pesos—continuó Moreno—, y hasta puede ocurrir que al final falte algo de plata; pero tendrá usted su parque… Es verdad que el tal parque no le producirá nuevos gastos, pues al día siguiente de la fiesta los árboles tal vez estén secos y muertos.
Y el oficinista rió de la inutilidad de un gasto tan enorme, admirando y compadeciendo á la vez al ingeniero.
Mientras tanto, Elena y Watson marchaban lentamente á caballo por la orilla del río. Ella mantenía cogida una mano de él, hablándole afectuosamente, con una expresión maternal.
—Veo, Ricardo, por lo que me cuenta, que Robledo lo dirige todo y usted es á modo de un empleado suyo… No debía mezclarme en sus asuntos, pero todo lo que se refiere á usted ¡me inspira tanto interés!… Yo no digo que el español cometa indelicadezas al repartir las ganancias del negocio; eso no. Robledo es hombre correcto, pero abusa un poco de la condición de tener más años. Debe emanciparse usted de esa tutela, ó no hará el camino que le corresponde hacer por sí mismo, sin necesidad de tutores.
Ricardo había defendido la persona de su asociado desde las primeras insinuaciones; pero acabó por acoger, pensativo y ceñudo, sin una palabra de protesta, el último consejo de Elena.
Mientras los dos conversaban, balanceándose ligeramente con el paso lento de sus caballos, un jinete apareció y se ocultó repetidas veces en el fondo del paisaje, pasando de la orilla del río á las dunas de arena que las inundaciones habían dejado tierra adentro. Este jinete que se aproximaba ó se alejaba en un galope caprichoso era Celinda Rojas.