Elena fué la primera en darse cuenta de sus evoluciones, y sonrió malignamente.
—Creo que alguien le busca—dijo á Ricardo.
Éste miró hacia donde ella señalaba, y al reconocer á la amazona, no pudo disimular cierta turbación.
—Es la señorita de Rojas—contestó, ruborizándose ligeramente—; una niña todavía, con la que tengo alguna amistad. Es como una hermana menor; mejor dicho, un compañero. No vaya usted á imaginarse…
La Torrebianca sonreía irónicamente, como si no creyese en sus protestas, y acabó por decir, con una frialdad que apenó al joven:
—Vaya usted á saludarla, para que no nos moleste más con su vigilancia, y venga luego á juntarse conmigo.
Después de estas palabras, dichas con el tono de una orden, hizo trotar á su caballo tierra adentro, por entre los ásperos matorrales, que se rompieron lanzando crujidos de leña seca. Inmediatamente, Celinda dejó de evolucionar á lo lejos, llegando á todo galope al encuentro de Ricardo. Cuando estuvo junto á él le amenazó con un dedo, pretendiendo imitar la expresión ceñuda de un maestro que riñe á su discípulo. Luego habló con una gravedad cómica:
—¿No le he dicho más de cien veces, mister Watson, que no quiero verle con esa… mujer? Paso ahora los días enteros corriendo el campo inútilmente, y cuando al fin consigo tropezarme con el señor, lo veo siempre en mala compañía.
Pero Watson era ahora otro hombre y no acogió con risas su fingido enfado. Muy al contrario, pareció ofenderse por el tono de broma con que hablaba ella, y repuso secamente.
—Puedo ir con quien quiera, señorita. Sólo hay entre nosotros una buena amistad, á pesar de lo que algunos suponen equivocadamente. Ni usted es mi prometida, ni yo tengo obligación de privarme de mis relaciones para obedecer sus caprichos.