#XII#

Llegó el día de la gran sorpresa preparada por Canterac. Los trabajadores, bajo la dirección de Moreno, colocaron los últimos árboles en la llanura inmediata al río.

Grupos de curiosos admiraban desde lejos este bosque improvisado. De Fuerte Sarmiento y hasta de la capital del territorio de Neuquen iban llegando gentes atraídas por la novedad de tal fiesta. Algunos obreros tendían de tronco á tronco guirnaldas de follaje y clavaban grupos de banderolas.

Friterini, elevado á la categoría de maître d'hôtel, había sacado de su maleta un frac algo apolillado, recuerdo de los tiempos en que prestaba servicio como camarero auxiliar en hoteles de Europa y de Buenos Aires. Preocupándose de la integridad de su pechera dura y su corbata blanca, daba órdenes á una tropa de mestizas del boliche que se habían convertido en servidoras y preparaban las mesas para la fiesta de la tarde.

Don Antonio «el Gallego» también se había transformado exteriormente. Iba vestido de negro, con una gruesa cadena de oro de bolsillo á bolsillo de su chaleco. Él era de los invitados, tenía derecho á figurar entre los vecinos más notables de la Presa representando al alto comercio; pero como la merienda había sido encargada á su establecimiento, creyó del caso trasladarse al lugar de la fiesta desde las primeras horas de la tarde, para convencerse de que todos los preparativos se desenvolvían con regularidad.

Entre los mirones situados al otro lado de una cerca de alambre se veían algunos gauchos, siendo uno de ellos el famoso Manos Duras. Después de la batalla ocurrida en el boliche, había vuelto tranquilamente al campamento para dar explicaciones. No negaba que algunos de los provocantes fuesen amigos suyos, pero todos eran mayores de edad y no iba á responder de sus actos, como si fuese su padre. Él estaba lejos del campamento al ocurrir el choque; ¿por qué intentaban mezclarlo en hechos de los que no tenía culpa alguna?…

El comisario hubo de conformarse con estas justificaciones; el dueño del boliche las aceptó igualmente, creyendo que era mejor tenerlo por amigo que por adversario, y allí estaba Manos Duras contemplando con una atención algo burlona los preparativos de la fiesta. Los otros gauchos, igualmente silenciosos, parecían reir interiormente de tales labores. Los gringos trasladaban los árboles del sitio donde los había hecho nacer Dios: ¡y todo por una mujer!…

Las gentes del pueblo eran más atrevidas en sus juicios, formulándolos á gritos. Algunas mujeres, las mejor vestidas, censuraban á la marquesa:

—¡La grandísima… tal! ¡Las cosas que los hombres hacen por ella!

Enumeraban los regalos del contratista Pirovani, tan regateador y duro para los trabajadores. Todos los días de tren le llegaban á la marquesa paquetes de Buenos Aires ó Bahía Blanca, pagados por el italiano. Además, un carro con tonel no hacía otro trabajo que llevar agua del río á la casa. Aquella señorona necesitaba bañarse cada veinticuatro horas.