—Eso no es natural. Debe tener en la carne algo que no quiere irse—afirmaban sentenciosamente algunas mujeres.

Para todas ellas, obligadas á ir varias veces al día con un cántaro á cuestas de su vivienda al río, el carro del tonel representaba el más inaudito de los lujos. ¡Un baño diario en aquel país, donde el menor soplo de viento levantaba columnas de tierra suelta, tan enormes y violentas, que obligaban á encorvarse para resistir mejor su empuje!… Como muchas de estas mujeres llevaban aún en sus cabelleras y en los dobleces de sus ropas el polvo de semanas antes, las enfurecía tal derroche de agua, como una injusticia social.

Una, para consolarse, recordó malignamente al ingeniero Torrebianca.

—¡Y será capaz de venir esta tarde con los queridos de su mujer!… Parece imposible que un hombre sea tan… ciego. Deben marchar de acuerdo los dos.

Todos los que no estaban invitados á la fiesta y pretendían verla de lejos, apoyados en la alambrada, se consolaban de su preterición hablando contra la Torrebianca, sus amigos y su marido.

Pasó Celinda á caballo, entre los grupos, lentamente y mirando con hostilidad el parque improvisado. Luego, para no oir los escandalosos comentarios de aquellas mujeres, se alejó hacia el pueblo.

González, sin perder de vista la preparación de las mesas, hablaba á unos parroquianos de su establecimiento, mostrándoles el río. Era propicia la ocasión para repetir, con una gravedad doctoral, muchas cosas oídas á su compatriota Robledo.

Los indios habían dado á este río su nombre de Negro por los sufrimientos que les costaba remontarlo, á causa de su rápida corriente. Los descubridores españoles lo titularon río de los Sauces, por la gran cantidad de árboles de esta especie que cubría sus orillas. Habían disminuido mucho ahora, pero aún representaban el mayor obstáculo para su navegación, pues los troncos y raigones impulsados por la corriente batían como arietes á los barcos, quebrantándolos. Durante dos siglos había permanecido inexplorado, creyendo los descubridores españoles—á causa de los informes de los indígenas—en la posibilidad de navegar por él hasta Chile, lo que haría del río de los Sauces un canal entre el Atlántico y el Pacífico menos lejano que el estrecho de Magallanes.

Un misionero inglés intentaba su exploración para que su patria se apoderase de este paso, lo que la permitiría atacar cómodamente las colonias de España situadas al borde del Pacífico.

—Entonces fué cuando los españoles, que habían tenido tantas cosas en qué ocuparse, por ser dueños de la mayor parte de América, creyeron necesario explorar el río.