Era un alférez de la Armada, llamado Villarino, el que acometía esta empresa difícil y de escasa resonancia en el último tercio del siglo XVIII, cuando ya casi toda la tierra de América estaba descubierta y colonizada.
—Don Manuel—siguió diciendo el dueño del boliche—llama á Villarino el último representante del heroísmo descubridor de los españoles.
Con cuatro barcas pesadísimas é inadecuadas para tal viaje, había salido de Carmen de Patagones, en la costa atlántica, llevando por tripulación unos sesenta hombres. Este puñado de marineros se internaban en un país totalmente inexplorado, en el que vivían los indios más irreductibles y feroces. De las márgenes del río Negro partían las invasiones indígenas contra las tierras civilizadas del virreinato de la Plata: los malones de jinetes cobrizos ansiosos de robar ganados á los estancieros de Buenos Aires. Los cuatro barcos de uno ó dos palos iban á navegar centenares de leguas entre orillas donde les esperaban en acecho los Aucas, tenidos por los indios más sanguinarios é indomables.
—Sólo los que conocemos la corriente de este río podemos comprender lo que representó aquella expedición, curso arriba y con buques de vela. Llevaban quince caballos para sirgar los barcos por la orilla en los pasos difíciles. Cuatro veces los huracanes rompieron las arboladuras de las embarcaciones. Con Villarino brilló por última vez, como dice don Manuel, la gloria de los conquistadores españoles. La expedición duró muchos meses, y como no tenía baquiano del país que la guiase, se extravió con frecuencia, metiéndose en ríos afluentes para retroceder después… Buscaban el mar que los indios aseguraban haber visto con sus ojos, y efectivamente, al final del Limay, continuación del río Negro, se desemboca en un mar que es simplemente el lago Nahuel Huapi… Lo cierto es que ahora nadie navega por este río mientras no lo limpien, y ninguno de los exploradores actuales, aún contando con las embarcaciones modernas, ha querido repetir el viaje del alférez Villarino hace siglo y medio.
Llevado por su entusiasmo patriótico, seguía González mencionando todo lo que había oído á Robledo, pero sus oyentes eran cada vez más escasos. Se alejaban, atraídos por los preparativos de la merienda, prefiriendo la contemplación de las mesas á la del antiguo río de los Sauces y á escuchar el relato de las hazañas del joven oficial de la marina española.
Iban aumentando considerablemente los grupos. Una banda de música, compuesta de unos cuantos italianos vecinos de Nenquen, empezó á rasgar el aire con las estridencias de sus instrumentos de metal. Inmediatamente se lanzaron á danzar algunas parejas. Don Antonio vió en esto una falta de respeto al organizador de la fiesta.
—No los dejes bailar mientras no llegue la marquesa—ordenó á Friterini—. La ceremonia es para ella, y de seguro que le parecerá muy mal al señor de Canterac que empiece antes de tiempo.
Pero músicos y bailarines no hicieron caso alguno de sus escrúpulos y continuó el baile.
Elena estaba mientras tanto en el salón de su casa, lujosamente vestida para asistir á la fiesta. Tenía el rostro obscurecido por un gesto de enfado.
«Esto sólo me ocurre á mí—pensaba—. Llegar esta noticia precisamente hoy… ¡Y aún hay quien niega los caprichos de la fatalidad!»