Aquel día era de tren, y al empezar la tarde llegó el correo, recogido en Fuerte Sarmiento.
Torrebianca, con el rostro consternado, fué en busca de su mujer para mostrarle una carta.
—Lee lo que acabo de recibir. Es del notario de mi familia.
Esta carta, llegada de Italia, le daba cuenta de la muerte de su madre. «Desde que usted se marchó á América, la salud de la señora marquesa quedó tan profundamente quebrantada, que todos esperábamos tal desgracia de un momento á otro. Ha muerto pensando en usted. Su nombre fué lo último que balbuceó en su agonía. Adjunto le envío algunos datos sobre su herencia, que desgraciadamente no es…»
Suspendió Elena tal lectura para mirar á su marido con ojos interrogantes; pero éste tenía la cabeza inclinada, como anonadado por la noticia. Dudó ella en hablar, y como transcurría el tiempo sin que el otro saliese de su actitud silenciosa, dijo lentamente:
—Supongo que este suceso, que nada tiene de inesperado, pues tú mismo lo has presentido muchas veces, no va á privarnos de asistir á la fiesta.
Levantó Torrebianca el rostro para mirarla con ojos de asombro.
—¿Qué es lo que dices?… Piensa que es mi madre la que ha muerto.
Ella fingió cierta confusión, mientras decía bondadosamente:
—Siento mucho la muerte de la pobre señora. Era tu madre, y esto basta para que la llore… Pero piensa que en realidad no la vi nunca, y ella, por su parte, sólo me conoció por mis retratos. Ten serenidad y un poco de lógica… Por esa desgracia, ocurrida al otro lado de la tierra, no vamos á privarnos de asistir á una fiesta que representa enormes gastos para el amigo que la ha organizado.