Se aproximó á su esposo, diciéndole con voz insinuante, al mismo tiempo que le acariciaba el rostro con una mano:
—Hay que saber vivir. Nadie conoce esta desgracia. Figúrate que la carta no ha llegado hoy y sólo puedes recibirla en el correo de pasado mañana… Quedamos en eso; aún ignoras la noticia y me acompañas esta tarde. ¿Qué adelantas con acordarte ahora? Tiempo te queda para pensar en ese suceso triste.
El marqués hizo signos negativos. Luego se llevó una mano á los ojos, y apoyando sus codos en las rodillas gimió sordamente:
—Era mi madre… ¡Mi pobre mamá, que tanto me quería!
Hubo un largo silencio. Torrebianca, como si no quisiera mostrar su dolor en presencia de su mujer, se refugió en una habitación inmediata. Elena, ceñuda y malhumorada, le oyó gemir y pasearse al otro lado de la puerta.
Así transcurrió mucho tiempo. Ella miró el reloj: las tres. Había que decidirse. Hizo un gesto cruel y levantó los hombros. Luego fué hasta la puerta por donde había desaparecido su esposo:
—Quédate, Federico; no te ocupes de mí. Iré sola, é inventaré un pretexto para excusar tu ausencia. ¡Hasta luego, alma mía! Cree que si te dejo es únicamente por no molestar á nuestros amigos. ¡Ay, las exigencias sociales! ¡Qué tormento!…
Tomaba su voz inflexiones de piadoso cariño, al mismo tiempo que las comisuras de su boca se dilataban en un rictus de cólera.
Se puso el sombrero y salió. Desde lo alto de la escalinata pudo ver la calle enteramente solitaria.
Toda la gente del pueblo estaba en los alrededores del parque improvisado. Canterac y el contratista, cada uno por su parte, habían declarado festivo aquel día, imponiendo el descanso á sus obreros.