Frente á la casa había un carruajito de cuatro ruedas, cuidado por un mestizo. Éste dormía en el pescante, con un cigarro paraguayo entre sus labios gruesos y azules, mientras un enjambre de moscas zumbaba en torno al rostro sudoroso.

Elena pensó en sus admiradores, que estarían esperándola, impacientes. Se habían abstenido de venir á buscarla, porque el día anterior les manifestó su deseo de presentarse sin otro acompañamiento que el de su esposo. Una señora debe evitar que la maledicencia se cebe en sus actos.

Cuando se dirigía hacia el carruajito, dejando á sus espaldas la casa, oyó el ruido de un galope. Un jinete acababa de surgir de una callejuela inmediata. Era Flor de Río Negro.

Por una afinidad misteriosa que más bien era una repulsión, Elena adivinó su presencia antes de verla con sus ojos. Sin esperar á que el caballo hiciese alto, la intrépida amazona se deslizó de la silla. Luego fué aproximándose, con la torpeza del jinete que extraña el contacto del suelo:

—Señora, una palabra nada más.

Y se interpuso entre ella y la estribera del carruaje, cerrándola el paso.

A pesar de su arrogancia, Elena se sintió emocionada por los ojos hostiles de la muchacha. Fingió, sin embargo, altivez, y pareció preguntar con un gesto: «¿Es realmente á mí á quien busca?…»

Celinda la entendió, contestando con un movimiento afirmativo. La marquesa hizo otro ademán indicando que podía hablar, y la niña de Rojas dijo con expresión agresiva:

—¿No tiene usted bastante con todos esos hombres á los que trae locos?… ¿Todavía necesita robar los que pertenecen á otras mujeres?

La respuesta de Elena fué mirarla de pies á cabeza. Pretendía confundirla con sus gestos de superioridad.