—Joven, no la conozco—dijo—. Además, sospecho que existen entre nosotras grandes diferencias de categoría y educación, que nos impiden seguir hablando.

Intentó apartarla para que le dejase libre el paso; pero Celinda, irritada por su aire despectivo, levantó el rebenque que llevaba en la diestra.

—¡Ah, demonio con faldas!

Dirigió un golpe contra el rostro de Elena, pero ésta se puso en actitud defensiva, agarrando el brazo enemigo. Su cara quedó intensamente pálida, con los ojos agrandados por la sorpresa y un resplandor felino en las pupilas. Luego habló con una voz algo ronca:

—Muy bien, joven, no se moleste. Doy por recibido el golpe. Este regalo es de los que no se olvidan nunca, y corresponderé á él cuando lo considere oportuno.

Soltó el brazo de Celinda, y como ésta parecía haber desahogado ya toda su cólera, lo dejó caer, quedando inmóvil y como avergonzada de su agresión.

Aprovechó Elena este desaliento momentáneo para subir al cochecito, tocando en un hombro á su conductor. El mestizo había estado adormecido hasta entonces, con el cigarro en la boca, sin enterarse de lo que acababa de ocurrir junto á su vehículo.

Apenas salieron del pueblo, vió Elena á lo lejos el parque improvisado y la muchedumbre que rebullía en torno á él.

Un jinete pasó al trote en dirección contraria, regresando del lugar de la fiesta, y se quitó el sombrero para saludarla. Elena reconoció á Manos Duras, sonriendo maquinalmente á su respetuoso saludo. Luego, sin darse exacta cuenta de lo que hacía, le llamó con una mano. El gaucho hizo dar vuelta á su cabalgadura y se aproximó al carruaje, marchando junto á sus ruedas.

—¿Cómo le va, señora marquesa?… ¿Por qué está tan pálida?