Elena hizo un esfuerzo para serenarse. Debía guardar aún en su rostro las huellas de la reciente emoción, y ella necesitaba llegar á la fiesta tranquila y sonriente, de modo que nadie adivinase el insulto que había recibido.

Como si quisiera terminar cuanto antes su conversación con Manos
Duras, le preguntó con forzada alegría:

—Usted me dijo una vez que me aprecia mucho y está dispuesto á hacer lo que yo le mande, por terrible que sea.

Se llevó Manos Duras una mano al sombrero para saludar, y sonrió, mostrando sus dientes de lobo.

—Ordene lo que quiera, señora. ¿Desea que mate á alguien?

Y al mismo tiempo la miraba con ojos de deseo. Ella hizo un falso gesto de susto:

—Matar, no… ¡qué horror! ¿Por quién me toma?… El servicio que tal vez le pida será muy dulce para usted… Ya hablaremos.

Temiendo que el gaucho prolongase sus palabras de despedida, le indicó con un ademán enérgico que debía retirarse. Ya estaba cerca del sitio de la fiesta, y no era conveniente llegar sin su marido y con tal acompañamiento.

Manos Duras contuvo su caballo mientras se alejaba el carruaje, Durante algunos minutos siguió con los ojos á aquella mujer, la más extraordinaria que había encontrado en su vida; y al dejar de verla, su mirada de mastín sumiso volvió á recobrar una dureza agresiva.

Iban entrando los invitados en el parque artificial, bajo la curiosidad envidiosa del populacho, mantenido más allá de la alambrada por la vigilancia del comisario y sus cuatro hombres. Estos invitados eran comerciantes españoles é italianos establecidos en las poblaciones más cercanas y algunos venidos de la lejana isla de Choele-Choel, lugar hasta donde llegan los escasos barcos que pueden remontar el río Negro. También los capataces y mecánicos de las obras acudían con sus mujeres, que habían sacado á luz los vestidos de fiesta, usados únicamente cuando iban á Bahía Blanca ó á Buenos Aires.