Acabaron su cena silenciosamente Watson y Robledo, preocupados por lo que había ocurrido horas antes en el parque inventado por Canterac.
Un obstáculo invencible parecía haberse levantado entre los dos. Watson tenía el rostro sombrío y evitaba mirar á Robledo. Éste, al poner de vez en cuando los ojos en su asociado, sonreía con una expresión amarga. Pensaba en Elena, dominadora y malvada, que tal vez había aconsejado á Ricardo contra él.
Se levantó el joven de la mesa, saludando con algunas palabras confusas, y tomó el sombrero para salir.
«Va á verla—se dijo el español—. Ya no vive tranquilo si no está á su lado.»
En la calle central encontró Watson muchos grupos discutiendo acaloradamente. Los rectángulos rojos que proyectaban sobre el suelo las puertas del boliche eran eclipsados con frecuencia por las sombras de los que entraban y salían. Adivinó que todos disputaban sobre lo ocurrido aquella tarde, tomando partido por el ingeniero ó por el contratista.
Al llegar á la casa de Elena, salió á recibirle Sebastiana en lo alto de la escalinata. La mestiza también se mostraba preocupada por los sucesos de la tarde.
Miró á Ricardo con severidad, pensando sin duda en la niña de la estancia. ¡Ay, los hombres! Hasta este gringo que ella creía buenazo resultaba tan perverso como los otros.
Pasó adelante el joven, sin fijarse en tal mirada, y encontró en el salón á Elena que parecía esperarle.
Quiso ocupar una butaca, pero la marquesa se opuso.
—No; aquí, á mi lado. Así nadie podrá oirnos.